Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Ingeniero Civil
La vida es dura para muchos, particularmente si la miramos desde el aspecto
económico, que es como se mide hoy día, en una sociedad mercantilista como la
nuestra, el nivel de vida que toda persona ostenta. Para poder vivir hay que
pagar por todo. El arriendo de una casa o apto para albergar la familia, el pago
mensual de los servicios públicos, el costo de la comida, de los estudios de
los hijos, del transporte y de todo lo que implica la manutención de una
familia. A veces no queda nada para destinar al esparcimiento o para una simple
actividad recreativa como asistir a un cine de vez en cuando, a un parque, o a
un centro comercial así sea sólo para “vitrinear”. Es por ello que todo alcalde
de ciudad debe hacer esfuerzos verdaderos por dotar a la comunidad de sitios
públicos de esparcimiento y en asegurar estrategias de prestación de los
servicios municipales, que aminoren el costo que implica para toda persona proporcionarle
a su familia una vida modestamente digna.
Y esta angustia existencial que genera la pobreza, no es sólo “atributo” de
las múltiples familias que a diario hacen esfuerzos ingentes para sobrevivir, con
los ínfimos ingresos que perciben dentro del núcleo familiar producto de la baja
ocupación laboral. También la padecemos las personas que vivimos de una
profesión, o de la prestación de un servicio o negocio mercantil, cuando la
situación ocupacional se torna calamitosa por la falta de oportunidades, dificultad
para acceder a los clientes, o por la pauperización de nuestras profesiones a
causa de las inequidades existentes dentro del mismo mercado laboral para los
profesionales en nuestro medio, en que la experiencia y trayectoria profesional
muchas veces resulta secundaria frente al “amiguismo” y corrupción con que se
manejan las relaciones contractuales.
No me avergüenza posar de banal al afirmar que todos soñamos con disfrutar
una buena calidad de vida, que no con ostentación, antes que vivir en medio de
continuas dificultades económicas que lo que hacen es rebajarnos la autoestima,
estresarnos hasta el desespero, o por las preocupaciones que nos sobrevienen,
quitarnos la motivación para dedicarnos a las actividades que realmente nos
llenan de satisfacción como aprender música, pintura, leer, compartir con
amigos, salir a pasear, etc. No es cuestión de inmadurez o falta de
racionalidad personal, pues, aunque abogamos por una sociedad en la que se aprenda
a valorar al hombre por lo que se es, más que por los bienes materiales que posea,
todos aspiramos a estar mejor y salir adelante en nuestras mínimas aspiraciones
personales.
No es pretender la supremacía de lo profano sobre lo intelectual o
sustancial, es que todo esfuerzo debe enmarcar una compensación si se quiere
aspirar a vivir en una sociedad justa que brinde oportunidades por igual para
todos.
¿Para dónde voy con lo que digo? Que pienso que no es pecado querer ser rico, y no asistir en vida al lúgubre relato repetido, sobre la
triste historia de grandes hombres que llenaron de gloria nuestra patria en el mundo de las
artes, la música, el deporte, etc., y sin embargo murieron en la más completa miseria. En
esto, bien interpreta mi clamor desesperado un texto que leí del escritor Héctor Abad
sobre el gran escritor y filósofo insigne de nuestra tierra, Fernando González, al final de
su vida, que "cuando supo que el municipio de Envigado le quería levantar un
busto de bronce, afirmó con contundencia: "¡A mí la gloria que me la den
en plata!". Que venga la gloria, y las estatuas (buen sanitario para las
palomas), pero mientras tanto que les pongan una mesada para no pasar hambre”.
Si eso lo dicen nuestros grandes poetas con la sublimidad de sus almas, llenas
de desprendimiento por lo material, porqué nosotros simples mortales sin
talento, no habríamos de legítimamente aspirar que al menos nuestros esfuerzos
se vean retribuidos por una justa compensación en calidad de vida para nuestros
hijos?
Es mi llamado a la reflexión a propósito, sobre el quehacer de ciertos "líderes" que con grandilocuencia se postulan como los agentes de cambio que nuestra sociedad requiere, pero que con su propia retórica de falacia se desnudan cual rapaces tras los frutos y beneficios de los altos cargos del estado y las corporaciones, pero a los cuales jamás accederían, si fuera por el concurso de su trabajo al servicio de la sociedad.
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