No sé si los once años de Daniela le permitieron comprender la magnitud del oprobio a que los criminales le sometieron contra su libertad y felicidad, ojalá que no, no merece una bella niña a la que sólo puede dársele protección y amor, por padres, familiares, amigos, y por la sociedad en pleno, ponérsele enfrente de momentos de miedo, crueldad o espanto, tristemente, por parte de hijos malos de la misma Patria que sus padres le han dado para nacer y vivir. Su llanto al momento del reencuentro con su padre y familia, quisiera entenderlo como fruto del impacto que le causó la ser separada abruptamente del lado de los suyos. Pues se me encoge el alma de dolor, imaginar siquiera que Daniela tuviera una pisca de comprensión del gran temor que toda Colombia padecía por el eventual desenlace fatal de los hechos, una angustia que ante lo macabro de los hechos, sólo puede corresponder al entendimiento y al mundo de los mayores. El de los niños debe ser sólo de felicidad y amor. Así debamos re...