No sé si los once años de Daniela le permitieron comprender la magnitud del oprobio a que los criminales le sometieron contra su libertad y felicidad, ojalá que no, no merece una bella niña a la que sólo puede dársele protección y amor, por padres, familiares, amigos, y por la sociedad en pleno, ponérsele enfrente de momentos de miedo, crueldad o espanto, tristemente, por parte de hijos malos de la misma Patria que sus padres le han dado para nacer y vivir. Su llanto al momento del reencuentro con su padre y familia, quisiera entenderlo como fruto del impacto que le causó la ser separada abruptamente del lado de los suyos. Pues se me encoge el alma de dolor, imaginar siquiera que Daniela tuviera una pisca de comprensión del gran temor que toda Colombia padecía por el eventual desenlace fatal de los hechos, una angustia que ante lo macabro de los hechos, sólo puede corresponder al entendimiento y al mundo de los mayores. El de los niños debe ser sólo de felicidad y amor.
Así debamos registrar con espanto que en Colombia mueran a diario tantos niños por diversas causas de violencia y desamparo, esa triste realidad no podemos contársela ni hacérsela partícipe a nuestros niños. Es una lucha que debemos dar sin descanso ni cuartel los mayores por el bien de nuestros hijos. Afortunadamente Daniela tuvo un reencuentro feliz, y por esta ocasión los rezos, la fe y esperanza que toda Colombia puso por su sano regreso, tuvo sus frutos. Hoy estamos todos felices y expreso mi reconocimiento a la Policía Nacional, al Ministerio de Defensa, al Presidente de la República y a toda la sociedad por la solidaridad demostrada ante este macabro episodio.
Tras el repudiable secuestro de la niña Daniela, lamentablemente se evidencia el triste momento de desamparo que vive la familia colombiana, y de cómo la maldad humana puede anestesiar el alma de los hombres, encegueciéndolos al punto de desconocer el más primigenio de los sentimientos con que se construye y nutre una sociedad, que incluso especies animales desarrollan como hecho natural, el amor y cuidado por los niños, hoy ha sido despreciado por criminales que arrebatando una niña del seno de su hogar, la han utilizado como instrumento de terror contra una familia colombiana.
La sociedad entera se encuentra alarmada con lo que pasa en Colombia, las familias no se sienten protegidas por el Estado, y los hechos más abominables de violaciones y asesinatos de niños nos sorprenden cada día por la dosis de maldad y crueldad extrema. En su desespero, las turbas de vecinos enardecidas por la infamia del violador y asesino, se procuran la justicia por su propia mano, y el linchamiento del reo capturado es el único aliciente frente al dolor infringido, lo que de paso, nos hunde más en el espiral de irrespeto por la vida que padecemos, destruyendo de tajo lo poco o mucho que se ha construido como cultura y sociedad, a esfuerzo de dominar una herencia histórica de sangre derramada y de violencia inveterada.
Ahora que el Gobierno de Colombia hace esfuerzos para que los colombianos sueñen con que la paz puede ser una realidad, no podemos permitir que la criminalidad nos trunque la posibilidad de alcanzar el bien legítimo de la seguridad. Abrigo la esperanza que la solidaridad que toda Colombia mostró por Daniela y el esfuerzo de la Policía por cercar a los criminales, haya sido la causa de su liberación por parte de estos. Es una señal positiva de que un pueblo unido frente al malvado lo obliga a retroceder, y que Colombia, no sólo se une frente a la hazaña y gestas de nuestros deportistas, sino también frente al dolor de un compatriota.
Para adelante¡.
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