Por: César A.
Hernández Ortiz
Con la muerte de varios niños esta
semana por el bombardeo de las Fuerzas Militares ordenado por el Presidente Petro
contra las disidencias de las FARC que dirige alias Mordisco en el Guaviare, se
esperaba que Petro ofreciera algún tipo de excusas al País, si se tiene en
cuenta que, por un hecho similar, había acusado al gobierno de Duque de cometer
un crimen de lesa humanidad y violación de DDHH. Sin embargo, lo que hizo fue
justificar el hecho ante la necesidad, según afirmó, de prevenir un ataque criminal
contra veinte soldados por un grupo de guerrilleros.
No reprocho al presidente por haber
tomado la decisión de bombardear el grupo de guerrilleros de Mordisco, contra quien
sostiene una cruenta guerra desde hace varios meses en el sur del país, porque
al final, para bien o para mal, fue producto de una decisión de Estado, que la Constitución
y la ley le permiten ejecutar ante eventos extremos de perturbación del orden
público, o situaciones de confrontación contra grupos criminales que amenacen
la estabilidad del país. En lo que, si llamo la atención, es la falta de coherencia
a la que ya nos tiene acostumbrado Petro entre lo proclamado y lo hecho, no
sólo en este caso, sino en la mayoría de las decisiones que ha tomado desde que
llegó al Gobierno.
Pero lo peor de todo, es que al
mismo Presidente ya no parece importarle el verse señalado y acusado todos los
días de mentiroso, y expuesto en la incoherencia e incumplimiento de las
principales promesas y códigos de honor que proclamó como ejes de su proyecto
de cambio y transformación para el país, pues muy al contrario, y ya puesto en
gastos, todos los días no escatima hacer lo que sea menester, utilizando el poder que tiene desde el
gobierno, para desplegar lo que sea necesario para asegurarse la continuidad en
el poder y tener un segundo gobierno a partir del 2026, prolongando su lucha de
odio, revanchismo y destrucción desplegada contra quienes se le opongan y
contra el modelo económico y administrativo del Estado, a los cuales considera como
responsables de todos los males del país y de la gran brecha social que históricamente
ha separado entre ricos y pobres al país.
El acto cometido esta semana de
dejar al departamento del Valle sin la cofinanciación del Tren de Cercanías, es
una clara muestra de la utilización del presupuesto del Estado para castigar a
un opositor político, en retaliación por no haberle apoyado en el trámite de las
leyes que lleva al Congreso, perjudicando de paso a toda una región en la consecución
de un proyecto de alto impacto social, al que el mismo gobierno nacional había
apoyado con recursos de financiación por más de 25 mil millones para sus
estudios y estructuración. Es decir, Petro no tuvo empacho en que se perdieran
incluso recursos del Ministerio de Hacienda aportados al proyecto, con tal de lograr
su propósito de castigar a sus contradictores políticos, y para mayor vergüenza
de su reprochable acto, lo hace público a través de un post en su red social,
sin que se sienta apremiado por ningún órgano de control ante tal pérdida para
el erario y daño patrimonial del patrimonio público.
Desafortunadamente, la vasta población
que en el país históricamente ha sufrido de alta pobreza y necesidades, y la verdad
hay que decirlo, producto en parte del abandono de décadas por gobiernos
anteriores de centro y derecha, hoy se erige en una población vulnerable al canto
de sirena ideologizado y al objetivo de Petro, de convertirla, al ejemplo de Chávez
en Venezuela, en el ejército popular al cual inyectarle sus arengas populistas y
de llamado a la confrontación social y clasista, para que lo sostengan en el
poder a él y sus aliados, con el riesgo que esto entraña, de permitirse tal
manipulación de la necesidades de los colombianos, de precipitarse a una confrontación
social, de inimaginables consecuencias nefastas para el país y su viabilidad
futura como estado y nación.
Hoy Colombia vive un difícil
momento de su historia, donde la política perdió todo su contenido filosófico y
de búsqueda de la felicidad de la población, y se ha convertido en un instrumento
de dominación social mediante el cual sólo se busca el empoderamiento de unos
sectores de interés y afectos al régimen de turno, pasando por encima de los
demás, dejando una tierra de vencedores y vencidos, sobre un Estado destruido
en todo lo que se ha alcanzado a través de toda su vida republicana.
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