Tengo absolutamente claro que ningún Alcalde, de todos los que han gobernado a Medellín, lo han hecho con el ánimo de desacertar en su gestión, al contrario, han buscado el éxito de sus mandatos, incluso con algunos abusos disfrazados de inversión social, lo que he cuestionado siempre, como cuando han querido dejar su impronta de gobierno materializada en obras faraónicas con millonarios costos y que poco han consultado las necesidades reales de la ciudad. Pero en esencia, cada gobierno ha contribuido en parte en hacer de Medellín la ciudad que hoy tenemos y que ofrece servicios municipales de alta calidad y brinda la infraestructura pública y logística necesarias, para permitir que las personas accedan a una buena calidad de vida, aunque cosa distinta, es la discusión que siempre he mantenido, en el sentido de que si esa calidad de vida realmente si le llega, o es asequible, a la población más pobre y vulnerable de la ciudad, como debe ser la obligación institucional, o termina estando al servicio de los más pudientes o los que tienen con qué pagar y acceder a esa calidad de vida.
No podría esperarse empero, que la gestión de un Alcalde en Medellín fuera deficiente en lo absoluto, por cuanto hasta el más malo, sin capacidad para gobernar, politiquero, o corrupto, que los ha habido con estos “atributos” en ciertas dosis, algo se obliga a realizar de gestión por la ciudad, cuando se ha dispuesto históricamente para ejecución social de un boyante presupuesto municipal cada año, sumado al billón de pesos adicionales que EPM le entrega cada año para inversión social, todo producto de la responsabilidad tributaria y cultura de pago que como contribuyentes tenemos los paisas, siempre enamorados de nuestra tacita de plata y comprometidos por querer verla siempre como la mejor ciudad del país.
Lamentablemente, lo que ha venido ocurriendo es que algunos de los Alcaldes que hemos tenido en Medellín, prevalidos y apropiados de tal poder de gestión, han adoptado dobles agendas como burgomaestres, por un lado, procuran cumplir con su plan de gobierno y los proyectos con que se comprometieron, pero por el otro, han utilizado el mandato popular como un escalón para procurarse un beneficio personal que los impulse a futuras ambiciones electorales como la presidencia de la república, o que les sirva para consolidar una hegemonía política en la región, que termina siendo excluyente y corrupta, por cuanto se alimenta de la burocracia y los contratos estatales con que exprimen a la municipalidad en su propio beneficio.
La consecuencia de esa endemia que hemos venido padeciendo en los últimos mandatos municipales, exacerbada por el culto que se ha pretendido propagar por parte de los áulicos a la figura del Alcalde amigo, la rimbombancia de los discursos por la moral y la ética como política pública en reemplazo de los programas y proyectos, lamentablemente, han hecho eco en la comunidad que siente así adormecer su derecho a la crítica y a exigirle al mandatario, sumado a la permisividad y pobre control político que desde el Concejo Municipal se hace de la gestión del mandatario, propagando entre la población de Medellín un síndrome de tolerancia malsana, que lleva a contemporizar y aceptar administraciones deficientes, cuya gestión ha hecho más protuberante la brecha de desigualdad social entre ricos y pobres en la ciudad.
Afortunadamente, desde recientes años, Medellín Cómo Vamos, surgió como una alianza interinstitucional privada que tiene como principal objetivo hacer evaluación y seguimiento a la calidad de vida en la ciudad, lo cual nos ha brindado la posibilidad de conocer una realidad distinta a la que continuamente nos pretenden disfrazar desde la administración municipal.
Es así, como en el reciente informe de Medellín Cómo Vamos correspondiente al año 2014, entre los muchos aspectos analizados, dejó a la ciudad bien parada en temas como el ingreso económico y las cifras de desempleo, pero reveló aspectos críticos en temas, como por ejemplo, la seguridad, la cobertura educativa y la desigualdad.
Infortunadamente, este informe, antes que suscitar la explicación objetiva por parte del Alcalde Aníbal Gaviria, lo que mereció fue su cuestionamiento, acostumbrado él, a elaborar sus propios indicadores con los cuales nos ha vendido durante todo su mandato el idílico mensaje de vivir en la ciudad de los sueños.
Según Piedad Restrepo, directora del informe, “en el 2013 se observaba un estancamiento en la desigualdad medida por ingresos, en 2014 la situación empeora pues la desigualdad terminó presentando el más alto aumento entre las principales áreas metropolitanas y vuelve a ubicar a Medellín en el primer lugar en desigualdad”.
Esas son las realidades del Gobierno de “Una Ciudad para la Vida”.
No podría esperarse empero, que la gestión de un Alcalde en Medellín fuera deficiente en lo absoluto, por cuanto hasta el más malo, sin capacidad para gobernar, politiquero, o corrupto, que los ha habido con estos “atributos” en ciertas dosis, algo se obliga a realizar de gestión por la ciudad, cuando se ha dispuesto históricamente para ejecución social de un boyante presupuesto municipal cada año, sumado al billón de pesos adicionales que EPM le entrega cada año para inversión social, todo producto de la responsabilidad tributaria y cultura de pago que como contribuyentes tenemos los paisas, siempre enamorados de nuestra tacita de plata y comprometidos por querer verla siempre como la mejor ciudad del país.
Lamentablemente, lo que ha venido ocurriendo es que algunos de los Alcaldes que hemos tenido en Medellín, prevalidos y apropiados de tal poder de gestión, han adoptado dobles agendas como burgomaestres, por un lado, procuran cumplir con su plan de gobierno y los proyectos con que se comprometieron, pero por el otro, han utilizado el mandato popular como un escalón para procurarse un beneficio personal que los impulse a futuras ambiciones electorales como la presidencia de la república, o que les sirva para consolidar una hegemonía política en la región, que termina siendo excluyente y corrupta, por cuanto se alimenta de la burocracia y los contratos estatales con que exprimen a la municipalidad en su propio beneficio.
La consecuencia de esa endemia que hemos venido padeciendo en los últimos mandatos municipales, exacerbada por el culto que se ha pretendido propagar por parte de los áulicos a la figura del Alcalde amigo, la rimbombancia de los discursos por la moral y la ética como política pública en reemplazo de los programas y proyectos, lamentablemente, han hecho eco en la comunidad que siente así adormecer su derecho a la crítica y a exigirle al mandatario, sumado a la permisividad y pobre control político que desde el Concejo Municipal se hace de la gestión del mandatario, propagando entre la población de Medellín un síndrome de tolerancia malsana, que lleva a contemporizar y aceptar administraciones deficientes, cuya gestión ha hecho más protuberante la brecha de desigualdad social entre ricos y pobres en la ciudad.
Afortunadamente, desde recientes años, Medellín Cómo Vamos, surgió como una alianza interinstitucional privada que tiene como principal objetivo hacer evaluación y seguimiento a la calidad de vida en la ciudad, lo cual nos ha brindado la posibilidad de conocer una realidad distinta a la que continuamente nos pretenden disfrazar desde la administración municipal.
Es así, como en el reciente informe de Medellín Cómo Vamos correspondiente al año 2014, entre los muchos aspectos analizados, dejó a la ciudad bien parada en temas como el ingreso económico y las cifras de desempleo, pero reveló aspectos críticos en temas, como por ejemplo, la seguridad, la cobertura educativa y la desigualdad.
Infortunadamente, este informe, antes que suscitar la explicación objetiva por parte del Alcalde Aníbal Gaviria, lo que mereció fue su cuestionamiento, acostumbrado él, a elaborar sus propios indicadores con los cuales nos ha vendido durante todo su mandato el idílico mensaje de vivir en la ciudad de los sueños.
Según Piedad Restrepo, directora del informe, “en el 2013 se observaba un estancamiento en la desigualdad medida por ingresos, en 2014 la situación empeora pues la desigualdad terminó presentando el más alto aumento entre las principales áreas metropolitanas y vuelve a ubicar a Medellín en el primer lugar en desigualdad”.
Esas son las realidades del Gobierno de “Una Ciudad para la Vida”.
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