Siempre la historia de los hombres ha sido la misma, desde hace siglos la mayoría de los hombres que han contribuido al desarrollo del mundo con grandes descubrimientos y teorías científicas, que siendo revolucionarias para la época, constituyeron cambios de paradigma para la humanidad, debieron igualmente sufrir por estos hechos la condena, persecución y ataques contra su vida, por parte de quienes ostentaban el poder político y religioso de la época, ante la amenaza que el descubrimiento de la verdad científica representaba para las falacias sobre las que habían construido su poder. Descubrir que la tierra giraba alrededor del sol y no al contrario, o que esta era redonda y no plana, significaba el desplome de todo el poder que por años fue construido sobre falsos paradigmas, pero con el cual dominaban al mundo de la época.
Otros casos peores, como la persecución a quienes ávidos de conocimiento editaban libros de manera clandestina para distribuir entre los pobres que aprendían a leer, lujo este que sólo les era permitido a los miembros de la oligarquía y las altas cortes, son otro ejemplo de hombres valientes de la historia que se rebelaron contra regímenes de opresión y dominación intelectual, para llevar el conocimiento y la libertad a sus pueblos.
Estos casos cruentos de persecución que registra nuestra historia, siempre me vienen a la mente, cada vez que constato, guardando las proporciones, que hoy en nuestros días el comportamiento por parte de los gobiernos es el mismo. Vemos como los pueblos se estancan en su desarrollo, o crecen sólo a ritmo vegetativo, no pueden crecer con dinamismo y quebrar viejos paradigmas que los atan a la pobreza, porque los sistemas jurídicos, administrativos y políticos que ostentan, están concebidos para que el desarrollo de los pueblos no se logre. Cuando surge un líder visionario, progresista o revolucionario que quiere llevar cambios estructurales al sistema administrativo y promover planes ambiciosos para su gente, siempre aparecen otras ramas de poder, que solemos llamar organismos de control, sea disciplinario, fiscal o penal, que se encargarán de acabar con toda iniciativa que procure un salto al futuro de la gestión pública, mediante la aplicación de particulares procesos de coadministración, pero en reversa, que coartan y frenan la gestión pública, someten su promotor a todo tipo de sanción administrativa y finalmente terminan relegando la población al subdesarrollo, como si fuera un ancla que amarra al fondo marino una embarcación impidiéndole navegar.
De esta enfermedad de mirar sólo a corto plazo, de generar reprocesos en la gestión, o administrar la cosa pública sin mayores ambiciones y con síndrome de minusvalidez mental, se han contagiado también muchas personas y grupos de opinión. Por eso cuando un dirigente propone un plan de gobierno ambicioso para su región, surgen voces señalándolo de populista y demagogo, improvisador o de ir en contra del interés general. Ponen palos en la rueda y paralizan el avance de los proyectos. En Antioquia por ejemplo lo hemos padecido en proyectos como Hidroituango y el Túnel de Oriente, que aunque ahora parecen marchar, su gestor inicial fue objeto de infames ataques, precisamente por quienes nunca responderán por los sobrecostos, las demoras y tropiezos, que con sus actuaciones causaron a las obras.
Estos profetas de la nueva ola de la administración pública, que han hecho de la moral una bandera política pero no una práctica de vida, mientras predican sus nuevos paradigmas basados en taras mentales como “Esa obra no se puede hacer”, “Los dineros públicos son sagrados”, “en lo público pocas manos y muchos ojos” o "En Antioquia no se pierde un peso", se confunden en medio de la inacción, y desconocen la misión que nos obliga a todos quienes tenemos que ver con la gestión pública, sobre todo en países pobres y llenos de necesidades, de transformar los recursos públicos disponibles en el menor tiempo posible en inversión social al servicio de las comunidades y en proyectos de amplio impacto benéfico. Desconocen que la inejecución presupuestal o el gasto indebido en proyectos suntuarios o en vana publicidad, son actos infames que atentan contra el futuro de nuestra sociedad.
Ojalá que quienes atacan desde sus columnas de opinión y descalifican a quien pretende pensar en grande por Antioquia, se dieran al menos el tiempo de espera a ver los resultados de una gestión que aún no inicia, y no ser copias calcadas de aquellos que en la historia persiguieron y llevaron a la hoguera por herejes, a quienes quisieron cambiar su mundo. Pero lastimosamente, para que la humanidad de hoy disfrutara de sus inventos y descubrimientos, ellos debieron pagar con su vida la persecución de que fueron víctimas, y que aún hoy continúa, contra quienes quieren ser sus émulos.
Otros casos peores, como la persecución a quienes ávidos de conocimiento editaban libros de manera clandestina para distribuir entre los pobres que aprendían a leer, lujo este que sólo les era permitido a los miembros de la oligarquía y las altas cortes, son otro ejemplo de hombres valientes de la historia que se rebelaron contra regímenes de opresión y dominación intelectual, para llevar el conocimiento y la libertad a sus pueblos.
Estos casos cruentos de persecución que registra nuestra historia, siempre me vienen a la mente, cada vez que constato, guardando las proporciones, que hoy en nuestros días el comportamiento por parte de los gobiernos es el mismo. Vemos como los pueblos se estancan en su desarrollo, o crecen sólo a ritmo vegetativo, no pueden crecer con dinamismo y quebrar viejos paradigmas que los atan a la pobreza, porque los sistemas jurídicos, administrativos y políticos que ostentan, están concebidos para que el desarrollo de los pueblos no se logre. Cuando surge un líder visionario, progresista o revolucionario que quiere llevar cambios estructurales al sistema administrativo y promover planes ambiciosos para su gente, siempre aparecen otras ramas de poder, que solemos llamar organismos de control, sea disciplinario, fiscal o penal, que se encargarán de acabar con toda iniciativa que procure un salto al futuro de la gestión pública, mediante la aplicación de particulares procesos de coadministración, pero en reversa, que coartan y frenan la gestión pública, someten su promotor a todo tipo de sanción administrativa y finalmente terminan relegando la población al subdesarrollo, como si fuera un ancla que amarra al fondo marino una embarcación impidiéndole navegar.
De esta enfermedad de mirar sólo a corto plazo, de generar reprocesos en la gestión, o administrar la cosa pública sin mayores ambiciones y con síndrome de minusvalidez mental, se han contagiado también muchas personas y grupos de opinión. Por eso cuando un dirigente propone un plan de gobierno ambicioso para su región, surgen voces señalándolo de populista y demagogo, improvisador o de ir en contra del interés general. Ponen palos en la rueda y paralizan el avance de los proyectos. En Antioquia por ejemplo lo hemos padecido en proyectos como Hidroituango y el Túnel de Oriente, que aunque ahora parecen marchar, su gestor inicial fue objeto de infames ataques, precisamente por quienes nunca responderán por los sobrecostos, las demoras y tropiezos, que con sus actuaciones causaron a las obras.
Estos profetas de la nueva ola de la administración pública, que han hecho de la moral una bandera política pero no una práctica de vida, mientras predican sus nuevos paradigmas basados en taras mentales como “Esa obra no se puede hacer”, “Los dineros públicos son sagrados”, “en lo público pocas manos y muchos ojos” o "En Antioquia no se pierde un peso", se confunden en medio de la inacción, y desconocen la misión que nos obliga a todos quienes tenemos que ver con la gestión pública, sobre todo en países pobres y llenos de necesidades, de transformar los recursos públicos disponibles en el menor tiempo posible en inversión social al servicio de las comunidades y en proyectos de amplio impacto benéfico. Desconocen que la inejecución presupuestal o el gasto indebido en proyectos suntuarios o en vana publicidad, son actos infames que atentan contra el futuro de nuestra sociedad.
Ojalá que quienes atacan desde sus columnas de opinión y descalifican a quien pretende pensar en grande por Antioquia, se dieran al menos el tiempo de espera a ver los resultados de una gestión que aún no inicia, y no ser copias calcadas de aquellos que en la historia persiguieron y llevaron a la hoguera por herejes, a quienes quisieron cambiar su mundo. Pero lastimosamente, para que la humanidad de hoy disfrutara de sus inventos y descubrimientos, ellos debieron pagar con su vida la persecución de que fueron víctimas, y que aún hoy continúa, contra quienes quieren ser sus émulos.
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