By: César Augusto Hernández Ortiz
En esta ocasión, con el perdón de todos los que lean estas notas, quiero participarles de una vivencia personal. Esta navidad ha sido especialmente feliz para la familia por que ha marcado un hito importante en la vida de nuestros dos hijos, mi hija mayor, de 23 años, se graduó ayer como ingeniera administrativa de la Escuela de Ingeniería de Antioquia; y el menor, de 17 años, lo hizo como bachiller académico del Colegio Benedictinos de Santa María, en celebración realizada el pasado 5 de diciembre en la sede del colegio. Como padre, no puedo más que expresar mi gratitud y orgullo hacia ellos por el excelente desempeño académico que demostraron a través de todo el proceso educativo, lo cual se ve gratificado en los grados que hoy alcanzan, y que les permite a cada uno continuar con otra etapa más de sus vidas. Otros muchos padres al igual que yo, asistieron a la graduación de sus hijos, y era evidente en sus rostros la felicidad y orgullo que exteriorizaban al recibir los diplomas de manos de sus hijos. Por ello, mi caso particular quizás no tenga nada de extraordinario, como no sea por el gran esfuerzo económico que nos tocó afrontar en épocas de precariedad laboral, y máxime, cuando la mayoría de graduandos lo hizo con gran lujo de detalles y reconocimientos por parte de sus profesores y directivas académicas de ambas instituciones.
Sin embargo, el esfuerzo de mis hijos si fue notable y por ello los quiero resaltar. Desde el año 2009 por circunstancias especiales de desempleo, me tuve que trasladar a trabajar fuera de mi ciudad Medellín, y desde entonces, mi presencia en el hogar durante los períodos académicos se redujo a una visita cada fin de mes, por lo que ellos con el sólo acompañamiento de su madre, les tocó asumir el compromiso y responsabilidad de sus obligaciones académicas, sobrellevando con gran madurez y estoicismo los momentos de dificultad y las ausencias justificadas de su padre. Fue un pacto de familia en que cada cual asumió la responsabilidad de su propio rol, consientes que cada uno formaba parte de una cadena, la cual se mantendría firme, sólo en la medida que cada uno respondiera por lo suyo. Eran esfuerzos individuales que sumados constituían la fuerza de una familia. Así fue que logramos cumplir las metas y objetivos trazados, y que hoy celebramos con satisfacción y orgullo.
Naturalmente, nada de ello habría sido posible, sin el apoyo y acompañamiento brindado por las instituciones educativas en las que tuve la suerte de matricular a mis hijos. Por ello hoy hago un público reconocimiento y expreso mi sincera gratitud a los colegios de Nuestra Señora del Rosario y La Compañía de María - La Enseñanza, así como a la Escuela de Ingeniería de Antioquia, que acogieron en sus claustros a mi hija por doce años, y hoy me la devuelven convertida en una profesional, pero más que eso, en una persona formada en valores, respetosa de las personas y con compromiso de servicio a la sociedad y a su prójimo. Igual agradezco infinitamente al Colegio Benedictinos de Santa María, que por espacio de doce años inculcaron a mi hijo una educación de calidad y una notable formación en valores y principios, haciendo de él, una persona de bien para la sociedad. No sé qué les deparará la vida a ambos hacia el futuro, pero hoy puedo dar fe, que en estas instituciones educativas, recibieron con gran rigor la educación y formación personal necesarias para salir adelante en sus vidas, por sus propios medios. Ruego a Dios no los desampare y les acompañe por siempre, para que puedan sortear los difíciles momentos y los ásperos caminos por los que habrán de trasegar en adelante.
Me conmovió ver ayer en la ceremonia a madres llorando de felicidad por el logro de sus hijos, e incluso a algunas recibir de manos del Rector de la EIA el diploma en nombre de sus hijos, lo cual para mí, fue fiel demostración del compromiso que mantiene la familia por la educación de sus hijos. Fueron cientos de jóvenes profesionales que emprenden una nueva etapa, llenos de motivación y ansiosos por asumir retos en la vida, confirmando que la educación es el gran motor de transformación social, al que el Estado debe dedicar su mayor esfuerzo y compromiso, para bien de toda su población, y si en realidad aspiramos a que Colombia sea un país de futuro para nuestras generaciones venideras.
Es por ello que duele en la actualidad registrar procesos amargos, como el que a miles de estudiantes de nuestra querida Universidad de Antioquia les sea cancelado el semestre académico, por las situaciones causantes que sean, pues son oportunidades, tiempo y recursos perdidos de las familias, que ya no se recuperarán a plenitud. Nada justifica tal pérdida irreparable, ni la tristeza causada a tantos padres de familia por el atraso educativo de sus hijos. Igual tristeza me causan los conflictos recientes ocurridos en nuestro Politécnico Jaime Isaza Cadavid. Tan incomprensibles son las actitudes de quienes se radicalizan en sus protestas y reclamos ante las directivas institucionales, como las políticas educativas arbitrarias o la actitud politiquera de quienes desde el poder asfixian presupuestalmente a las instituciones educativas, para cooptar la gestión de quienes no les son afines políticamente. Siempre con tales hechos reprochables pierde la educación, las familias y nuestros jóvenes.
En esta ocasión, con el perdón de todos los que lean estas notas, quiero participarles de una vivencia personal. Esta navidad ha sido especialmente feliz para la familia por que ha marcado un hito importante en la vida de nuestros dos hijos, mi hija mayor, de 23 años, se graduó ayer como ingeniera administrativa de la Escuela de Ingeniería de Antioquia; y el menor, de 17 años, lo hizo como bachiller académico del Colegio Benedictinos de Santa María, en celebración realizada el pasado 5 de diciembre en la sede del colegio. Como padre, no puedo más que expresar mi gratitud y orgullo hacia ellos por el excelente desempeño académico que demostraron a través de todo el proceso educativo, lo cual se ve gratificado en los grados que hoy alcanzan, y que les permite a cada uno continuar con otra etapa más de sus vidas. Otros muchos padres al igual que yo, asistieron a la graduación de sus hijos, y era evidente en sus rostros la felicidad y orgullo que exteriorizaban al recibir los diplomas de manos de sus hijos. Por ello, mi caso particular quizás no tenga nada de extraordinario, como no sea por el gran esfuerzo económico que nos tocó afrontar en épocas de precariedad laboral, y máxime, cuando la mayoría de graduandos lo hizo con gran lujo de detalles y reconocimientos por parte de sus profesores y directivas académicas de ambas instituciones.
Sin embargo, el esfuerzo de mis hijos si fue notable y por ello los quiero resaltar. Desde el año 2009 por circunstancias especiales de desempleo, me tuve que trasladar a trabajar fuera de mi ciudad Medellín, y desde entonces, mi presencia en el hogar durante los períodos académicos se redujo a una visita cada fin de mes, por lo que ellos con el sólo acompañamiento de su madre, les tocó asumir el compromiso y responsabilidad de sus obligaciones académicas, sobrellevando con gran madurez y estoicismo los momentos de dificultad y las ausencias justificadas de su padre. Fue un pacto de familia en que cada cual asumió la responsabilidad de su propio rol, consientes que cada uno formaba parte de una cadena, la cual se mantendría firme, sólo en la medida que cada uno respondiera por lo suyo. Eran esfuerzos individuales que sumados constituían la fuerza de una familia. Así fue que logramos cumplir las metas y objetivos trazados, y que hoy celebramos con satisfacción y orgullo.
Naturalmente, nada de ello habría sido posible, sin el apoyo y acompañamiento brindado por las instituciones educativas en las que tuve la suerte de matricular a mis hijos. Por ello hoy hago un público reconocimiento y expreso mi sincera gratitud a los colegios de Nuestra Señora del Rosario y La Compañía de María - La Enseñanza, así como a la Escuela de Ingeniería de Antioquia, que acogieron en sus claustros a mi hija por doce años, y hoy me la devuelven convertida en una profesional, pero más que eso, en una persona formada en valores, respetosa de las personas y con compromiso de servicio a la sociedad y a su prójimo. Igual agradezco infinitamente al Colegio Benedictinos de Santa María, que por espacio de doce años inculcaron a mi hijo una educación de calidad y una notable formación en valores y principios, haciendo de él, una persona de bien para la sociedad. No sé qué les deparará la vida a ambos hacia el futuro, pero hoy puedo dar fe, que en estas instituciones educativas, recibieron con gran rigor la educación y formación personal necesarias para salir adelante en sus vidas, por sus propios medios. Ruego a Dios no los desampare y les acompañe por siempre, para que puedan sortear los difíciles momentos y los ásperos caminos por los que habrán de trasegar en adelante.
Me conmovió ver ayer en la ceremonia a madres llorando de felicidad por el logro de sus hijos, e incluso a algunas recibir de manos del Rector de la EIA el diploma en nombre de sus hijos, lo cual para mí, fue fiel demostración del compromiso que mantiene la familia por la educación de sus hijos. Fueron cientos de jóvenes profesionales que emprenden una nueva etapa, llenos de motivación y ansiosos por asumir retos en la vida, confirmando que la educación es el gran motor de transformación social, al que el Estado debe dedicar su mayor esfuerzo y compromiso, para bien de toda su población, y si en realidad aspiramos a que Colombia sea un país de futuro para nuestras generaciones venideras.
Es por ello que duele en la actualidad registrar procesos amargos, como el que a miles de estudiantes de nuestra querida Universidad de Antioquia les sea cancelado el semestre académico, por las situaciones causantes que sean, pues son oportunidades, tiempo y recursos perdidos de las familias, que ya no se recuperarán a plenitud. Nada justifica tal pérdida irreparable, ni la tristeza causada a tantos padres de familia por el atraso educativo de sus hijos. Igual tristeza me causan los conflictos recientes ocurridos en nuestro Politécnico Jaime Isaza Cadavid. Tan incomprensibles son las actitudes de quienes se radicalizan en sus protestas y reclamos ante las directivas institucionales, como las políticas educativas arbitrarias o la actitud politiquera de quienes desde el poder asfixian presupuestalmente a las instituciones educativas, para cooptar la gestión de quienes no les son afines políticamente. Siempre con tales hechos reprochables pierde la educación, las familias y nuestros jóvenes.
Comentarios
Publicar un comentario