Siendo oficiales ya los resultados de las elecciones legislativas en Venezuela donde la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) se quedó con 112 diputados de la Asamblea Nacional, contra 55 del PSUV oficialista, lo que les otorga la mayoría calificada con la cual pueden introducir cambios al sistema de gobierno venezolano actual, en la medida que cuentan con el poder para llevar a referéndum los proyectos de ley, los tratados, convenios o acuerdos internacionales. Mayoría que les permite igualmente destituir Ministros y a los magistrados, en el caso de que cometieran faltas graves que fueran calificadas previamente por el Poder Ciudadano (integrado por el fiscal, el defensor del pueblo y el contralor), hace evidente en absoluto, el triunfo de la oposición sobre el régimen chavista que ostenta el poder desde hace 17 años en Venezuela.
Sin embargo, según los analistas políticos, más que el triunfo de la oposición, lo que se registró el pasado 6 de diciembre en las elecciones legislativas de Venezuela fue la manifestación mayoritaria del descontento popular frente a las políticas sociales y económicas del régimen chavista presidido por Nicolás Maduro, y el rebose de la tolerancia de la mayoría del pueblo venezolano con los múltiples problemas de seguridad, hambruna popular, desabastecimiento y violencia criminal imperantes en todas las regiones del país, sumado al descrédito de un régimen que hizo agua en medio de la ineficacia, la corrupción y las denuncias contra altos jerarcas del estado, por presuntos vínculos con el narcotráfico.
No obstante que el Presidente Nicolás Maduro ha reconocido el triunfo de la oposición, me preocupa la actitud que ha asumido con ocasión del fracaso del gobernante PSUV, lo cual indica que aún no ha asimilado la nueva realidad del país que los resultados electorales pusieron de presente, y sigue en cambio empecinado en ver tan sólo la confrontación ideológica de dos posturas polarizadas, la suya, que representa la revolución socialista, y la otra, la de la derecha extrema y radical, que acudió según él, a la guerra económica contra el régimen, como estrategia para desacreditarlo ante el país, y mover al electorado en su favor. Preocupa que Maduro, antes que concitar a la unidad nacional para trabajar juntos por sacar a Venezuela de la crisis social y económica que la tiene al borde del despeñadero, opte por llamar a acuartelamiento a todos los frentes de su movimiento político revolucionario, hoy ya minoría nacional, para revaluar el camino a seguir. Es decir, se encierra aún más en su burbuja del régimen autoritario y excluyente, de espaldas al país nacional. Y más grave aún, pone en duda la ejecución a futuro de varios programas sociales y de vivienda, como consecuencia de la llegada de la oposición a la asamblea, en una soterrada amenaza revanchista al pueblo de Venezuela.
Reconozco que siempre me ha generado reparos la revolución socialista que preconiza el régimen de Maduro y Diosdado Cabello, porque no concibo que sólo acoja a los pobres que le son fieles políticamente, y deje por fuera, e incluso convierta en objetivo militar de sus desmanes y exclusión, al resto de población pobre de Venezuela que no pertenecen al PSUV. No concibo una revolución socialista cuya ideología se quiera entronizar por la fuerza en la voluntad de un pueblo, mediante la dominación del régimen, antes que por la persuasión sobre sus bondades y conquistas sociales que reivindiquen las clases pobres del país. No concibo una revolución socialista cuyos jerarcas se enriquecen a expensas del erario y hacen de los recursos y fuentes de riqueza de la nación nichos de corrupción para eternizarse en el poder.
Quizás en mi vanidad personal de soñarme a mí mismo como agente de cambio social en mi país, vanamente busco consuelo a mi falta de liderazgo personal opinando sobre los demás, y pienso talvez sin fundamento, que en ocasiones “Dios le da pan a quien no tiene dientes”, pues sólo así concibo que una persona como Nicolás Maduro, a quien el destino puso en el sitial de honor para transformar a un país, pueda acumular tantas equivocaciones a la vez, tantas deslealtades y perfidias para con su pueblo y su propia ascendencia humilde, y equívocamente anteponga la suerte de un partido o régimen político a la de toda una nación. Y si por líder bolivariano hemos de reconocerlo, nada resulta más contrario al Libertador que soñó con la Gran Colombia, que quien eufemísticamente utiliza su nombre como símbolo de lucha, al tiempo que ordena cerrar la frontera entre dos países hermanos, cimientos ambos de la patria soñada de Bolívar, desconociendo de tajo su lucha, y el daño que infringe a los pueblos pobres de ambas naciones.
Nunca podría un régimen político por loables que sean sus ideales, continuar siendo la prioridad de mis actuaciones, si al proyectarlo como agente de cambio social, termina convertido por cuenta de la contaminación de sus agentes, en factor de pérdida de la unidad nacional o nexo de causa de infelicidad para mis compatriotas. Pues la institucionalidad y los partidos devienen en nada, si con ellos se infringe dolor y miseria al pueblo.
Ojalá, por el bien del pueblo de Venezuela, cese la confrontación y polarización política, y se vuelva al verdadero sueño de nuestro gran Libertador Bolívar, quien nos legó en su última proclama:
“Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
César Hernández Ortiz
Sin embargo, según los analistas políticos, más que el triunfo de la oposición, lo que se registró el pasado 6 de diciembre en las elecciones legislativas de Venezuela fue la manifestación mayoritaria del descontento popular frente a las políticas sociales y económicas del régimen chavista presidido por Nicolás Maduro, y el rebose de la tolerancia de la mayoría del pueblo venezolano con los múltiples problemas de seguridad, hambruna popular, desabastecimiento y violencia criminal imperantes en todas las regiones del país, sumado al descrédito de un régimen que hizo agua en medio de la ineficacia, la corrupción y las denuncias contra altos jerarcas del estado, por presuntos vínculos con el narcotráfico.
No obstante que el Presidente Nicolás Maduro ha reconocido el triunfo de la oposición, me preocupa la actitud que ha asumido con ocasión del fracaso del gobernante PSUV, lo cual indica que aún no ha asimilado la nueva realidad del país que los resultados electorales pusieron de presente, y sigue en cambio empecinado en ver tan sólo la confrontación ideológica de dos posturas polarizadas, la suya, que representa la revolución socialista, y la otra, la de la derecha extrema y radical, que acudió según él, a la guerra económica contra el régimen, como estrategia para desacreditarlo ante el país, y mover al electorado en su favor. Preocupa que Maduro, antes que concitar a la unidad nacional para trabajar juntos por sacar a Venezuela de la crisis social y económica que la tiene al borde del despeñadero, opte por llamar a acuartelamiento a todos los frentes de su movimiento político revolucionario, hoy ya minoría nacional, para revaluar el camino a seguir. Es decir, se encierra aún más en su burbuja del régimen autoritario y excluyente, de espaldas al país nacional. Y más grave aún, pone en duda la ejecución a futuro de varios programas sociales y de vivienda, como consecuencia de la llegada de la oposición a la asamblea, en una soterrada amenaza revanchista al pueblo de Venezuela.
Reconozco que siempre me ha generado reparos la revolución socialista que preconiza el régimen de Maduro y Diosdado Cabello, porque no concibo que sólo acoja a los pobres que le son fieles políticamente, y deje por fuera, e incluso convierta en objetivo militar de sus desmanes y exclusión, al resto de población pobre de Venezuela que no pertenecen al PSUV. No concibo una revolución socialista cuya ideología se quiera entronizar por la fuerza en la voluntad de un pueblo, mediante la dominación del régimen, antes que por la persuasión sobre sus bondades y conquistas sociales que reivindiquen las clases pobres del país. No concibo una revolución socialista cuyos jerarcas se enriquecen a expensas del erario y hacen de los recursos y fuentes de riqueza de la nación nichos de corrupción para eternizarse en el poder.
Quizás en mi vanidad personal de soñarme a mí mismo como agente de cambio social en mi país, vanamente busco consuelo a mi falta de liderazgo personal opinando sobre los demás, y pienso talvez sin fundamento, que en ocasiones “Dios le da pan a quien no tiene dientes”, pues sólo así concibo que una persona como Nicolás Maduro, a quien el destino puso en el sitial de honor para transformar a un país, pueda acumular tantas equivocaciones a la vez, tantas deslealtades y perfidias para con su pueblo y su propia ascendencia humilde, y equívocamente anteponga la suerte de un partido o régimen político a la de toda una nación. Y si por líder bolivariano hemos de reconocerlo, nada resulta más contrario al Libertador que soñó con la Gran Colombia, que quien eufemísticamente utiliza su nombre como símbolo de lucha, al tiempo que ordena cerrar la frontera entre dos países hermanos, cimientos ambos de la patria soñada de Bolívar, desconociendo de tajo su lucha, y el daño que infringe a los pueblos pobres de ambas naciones.
Nunca podría un régimen político por loables que sean sus ideales, continuar siendo la prioridad de mis actuaciones, si al proyectarlo como agente de cambio social, termina convertido por cuenta de la contaminación de sus agentes, en factor de pérdida de la unidad nacional o nexo de causa de infelicidad para mis compatriotas. Pues la institucionalidad y los partidos devienen en nada, si con ellos se infringe dolor y miseria al pueblo.
Ojalá, por el bien del pueblo de Venezuela, cese la confrontación y polarización política, y se vuelva al verdadero sueño de nuestro gran Libertador Bolívar, quien nos legó en su última proclama:
“Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
César Hernández Ortiz
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