El ejercicio de la política como actividad de vida es una disciplina que requiere compromiso permanente con uno mismo como persona, y con un obrar en pos de la virtud, si realmente lo que nos motiva en esta vida es servir a los demás y a nuestra comunidad. Compromiso con uno mismo por cuanto así como se hace deporte para estar en forma y nos alimentamos bien para cuidar nuestra salud, se requiere un comportamiento digno en la actividad pública para no dar pie que la opinión pública nos tome por indecorosos. Y obrar con virtud, por cuanto así esto no nos garantice llegar a ser monedita de oro para todos, si nos conserva el alma en disposición constante para las acciones conformes a la ley moral y al recto modo de proceder.
Con lo anterior, no busco dictar cátedra moralista ni pretendo evangelizar en la buena política, como otros sí creen tener el derecho de hacerlo, al contrario, lo expreso con la convicción clara de ser un mar de defectos, y de haberme equivocado muchas veces en mi propio actuar público, quizás ingenua pero erróneamente inducido, al dejar que el triunfalismo hiciera presa en mí, cuando hace quince años formé parte del movimiento político, que por virtud del mandato popular obtuvo el triunfo para guiar el desarrollo de la ciudad. Lo que en su momento se mostró como renovador, en medio de las viejas políticas clientelistas enquistadas en nuestra ciudad, como suele ocurrir casi siempre con todo lo que tiene carácter de cíclico, pasada la euforia de la novedad, haber dejado obras transformadoras, pero igualmente no haberse logrado revertir muchas de las endemias de nuestra sociedad, la misma democracia nos relegó a roles marginales en la política, ante la irrupción de nuevos movimientos que llegaron con ímpetu y brío a promover el cambio, así la historia hoy nos esté demostrando que en parte el cambio era de apariencia y quienes lo pregonan terminaron siendo parte de lo mismo.
En lo personal, y no obstante que nunca en mi desempeño como servidor público he recibido sanción ni amonestación alguna por parte de autoridad fiscal, penal o disciplinaria, que me compeliera al retiro de la función pública, si asumí el fervoroso apoyo popular brindado al movimiento político que nos sucedió en la administración municipal, como una sanción política por las posibles equivocaciones a que nos vimos expuestos, llevadas a grado superlativo por los enemigos políticos, y siendo así, acepté con cierta abnegación y espíritu expiatorio que los fajardistas nos cerraran todas las puertas en las narices, y nuestra relación laboral con las administraciones de Medellín y Antioquia se redujera a cero durante doce años, con las consecuencias personales y familiares que tal exclusión nos acarreó.
Hoy, doce años después, nuestro sistema democrático de elección popular ha posibilitado que el pueblo antioqueño reconozca el liderazgo de Luis Pérez Gutiérrez, y nuevamente le brinda la oportunidad de guiar los destinos de nuestra región hacia escenarios de progreso y transformación social, por lo que desde mi alma le deseo los mayores éxitos en su gestión. Sorprende sí, que algunos de los que lo atacaron vilmente, le trataron de mentiroso e incluso de ladrón, se sientan con carta de presentación para acompañarlo en su gobierno, por sí mismos, o por intermedio de sus familiares. Probablemente, esto se da por la convicción que tiene el Dr. Luis Pérez, de que a la paz y al progreso de Antioquia se contribuye con el perdón y olvido de las ofensas, y no porque quienes le ofendieron y maltrataron hayan variado su pérfido proceder.
Sin embargo, para quienes creemos que la política se engrandece en la medida que los hombres sean consecuentes con su actuar y decir, y que ideológicamente, algo diferenciador debe haber entre los distintos movimientos y partidos políticos que han orientado los destinos de nuestra región en los últimos quince años, no parece de lógica creer que algunos personajes, sin pudor alguno puedan considerarse moral y políticamente habilitados para continuar en el poder sin solución de continuidad, y más aún, dentro del gobierno de la persona que vituperaron.
Dónde quedan las cuatro virtudes cardinales de la virtud: Templanza, Prudencia, Fortaleza y Justicia?
Con lo anterior, no busco dictar cátedra moralista ni pretendo evangelizar en la buena política, como otros sí creen tener el derecho de hacerlo, al contrario, lo expreso con la convicción clara de ser un mar de defectos, y de haberme equivocado muchas veces en mi propio actuar público, quizás ingenua pero erróneamente inducido, al dejar que el triunfalismo hiciera presa en mí, cuando hace quince años formé parte del movimiento político, que por virtud del mandato popular obtuvo el triunfo para guiar el desarrollo de la ciudad. Lo que en su momento se mostró como renovador, en medio de las viejas políticas clientelistas enquistadas en nuestra ciudad, como suele ocurrir casi siempre con todo lo que tiene carácter de cíclico, pasada la euforia de la novedad, haber dejado obras transformadoras, pero igualmente no haberse logrado revertir muchas de las endemias de nuestra sociedad, la misma democracia nos relegó a roles marginales en la política, ante la irrupción de nuevos movimientos que llegaron con ímpetu y brío a promover el cambio, así la historia hoy nos esté demostrando que en parte el cambio era de apariencia y quienes lo pregonan terminaron siendo parte de lo mismo.
En lo personal, y no obstante que nunca en mi desempeño como servidor público he recibido sanción ni amonestación alguna por parte de autoridad fiscal, penal o disciplinaria, que me compeliera al retiro de la función pública, si asumí el fervoroso apoyo popular brindado al movimiento político que nos sucedió en la administración municipal, como una sanción política por las posibles equivocaciones a que nos vimos expuestos, llevadas a grado superlativo por los enemigos políticos, y siendo así, acepté con cierta abnegación y espíritu expiatorio que los fajardistas nos cerraran todas las puertas en las narices, y nuestra relación laboral con las administraciones de Medellín y Antioquia se redujera a cero durante doce años, con las consecuencias personales y familiares que tal exclusión nos acarreó.
Hoy, doce años después, nuestro sistema democrático de elección popular ha posibilitado que el pueblo antioqueño reconozca el liderazgo de Luis Pérez Gutiérrez, y nuevamente le brinda la oportunidad de guiar los destinos de nuestra región hacia escenarios de progreso y transformación social, por lo que desde mi alma le deseo los mayores éxitos en su gestión. Sorprende sí, que algunos de los que lo atacaron vilmente, le trataron de mentiroso e incluso de ladrón, se sientan con carta de presentación para acompañarlo en su gobierno, por sí mismos, o por intermedio de sus familiares. Probablemente, esto se da por la convicción que tiene el Dr. Luis Pérez, de que a la paz y al progreso de Antioquia se contribuye con el perdón y olvido de las ofensas, y no porque quienes le ofendieron y maltrataron hayan variado su pérfido proceder.
Sin embargo, para quienes creemos que la política se engrandece en la medida que los hombres sean consecuentes con su actuar y decir, y que ideológicamente, algo diferenciador debe haber entre los distintos movimientos y partidos políticos que han orientado los destinos de nuestra región en los últimos quince años, no parece de lógica creer que algunos personajes, sin pudor alguno puedan considerarse moral y políticamente habilitados para continuar en el poder sin solución de continuidad, y más aún, dentro del gobierno de la persona que vituperaron.
Dónde quedan las cuatro virtudes cardinales de la virtud: Templanza, Prudencia, Fortaleza y Justicia?
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