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MI TRISTEZA POR EL AMIGO QUE ABANDONÉ

Cuando dejamos que el deseo frenético por salir adelante se apodere de nuestras vidas, el anhelo genuino por triunfar se torna entonces en una obsesión, que inexorablemente nos conduce a cometer muchas equivocaciones. Una de tantas es que no valoramos a las personas por lo que son, ni disfrutamos los bellos momentos que compartimos con los demás, y luego, con el correr de los años, a veces ya viejos y quizás enfermos, con el alma ya cansada de tanto correr tras una ambición material, cual quimera que antes que acercarnos, con cada paso que damos se nos hace más distante, se abre ante nuestros ojos hoy la vida, tal como es en la realidad, un cúmulo de experiencias buenas y malas, que al final, probablemente no supimos aprovechar para nuestro bien, por lo que hoy nos obliga a jugarnos enteros por vivir con intensidad y plenitud, los restos de nuestro trasegar terreno.

Hace años cuando tuvimos la oportunidad de disfrutar momentos de placidez entre amigos y familia en una pequeña finca en el oriente cercano a Medellín, teníamos un hermoso perro labrador dorado al que mi hija puso por nombre Nicky, creo que en memoria a un personaje de una historieta de televisión. Lo había comprado hace años recién nacido con otro cachorro hermano, para regalárselo a nuestros hijos que para entonces estaban muy pequeños, y el otro cachorro se lo regale a los hijos, también pequeños y contemporáneos con los míos, de un amigo con quien compartía una finca de veraneo y en la que nuestras familias crecieron felices al lado del cariño fiel de los nuevos miembros de la familia. Fueron gratos los momentos que compartimos en compañía ambas familias. Los cachorros cada vez más hermosos fueron creciendo en compañía de nuestros hijos.

Transcurrido algún tiempo, por causa de las circunstancias que a veces nos depara la vida, no ajenas algunas a las tiranteces económicas que nos deja el desempleo, debí dejar la finca, lo que significó que nunca volvimos a compartir los bellos momentos en familia, y el amigo Nicky debió quedarse sólo por un tiempo. Yo traté como pude de ubicarme en otra finca a donde trasladé a nuestro ya joven amigo labrador, no sin antes tener que recuperarle su salud, puesta en franco deterioro por los parásitos que le hicieron de las suyas durante el “abandono” obligado a que lo sometimos. Ya en su nuevo hogar, nunca más volvió Nicky a ver a su hermanito Bruno, pero de nuevo nos tenía a nosotros como familia.

Disfrutamos de nuevo otros años, aunque pocos, del cariño familiar en compañía de Nicky, en el agradable ambiente del campo. Recuerdo con nostalgia los bellos momentos de fines de semana, en medio del ambiente acogedor, escuchando mi música y tomándome algunos aguardientes. Pero al igual que la primera ocasión, debí salir de la finca ante la imposibilidad de atender sus obligaciones, y aunque traté de ubicarme en una pequeña parcela arrendada, no fue por mucho tiempo, y al final, en definitiva, me tocó desplazarme a buscar opciones de trabajo a otras ciudades, y de mi viejo sueño de vivir en un ambiente de campo, sólo me quedó el grato recuerdo de los momentos vividos, y la imagen lejana de nuestro querido Nicky que de nuevo hubo que dejarlo con unos vecinos.

Lo triste de la historia para mí y la familia, fue que nos tocó desprendernos de nuestro amigo Nicky, cuando se encontraba en la plenitud de su madurez. Todo ese amor y fidelidad que nos profesaba, la explosión de júbilo con que brincaba de alegría cada ocho días que nos veía, y sobre todo el amor que sentía por mis hijos, como nos sentía llegar desde lejos, y salía corriendo a nuestro encuentro. No me importaba que me rayara el vehículo con sus uñas cuando se apegaba sin esperar siquiera a que nos detuviéramos. Fue lo más triste que me tocó vivir cuando tuvimos que dejarlo regalado a unos vecinos. Nunca más volvimos a saber de Nicky. Reconozco con vergüenza que más por ingratitud nuestra que por dificultad de su nueva familia, entrañables y bellas personas del campo que con certeza sé que le brindaron cariño hasta su muerte. Digo, porque para el tiempo de vida de los perros, quizás ya Nicky debe haber muerto.

Siempre me quedó esa deuda de cariño con nuestro amigo Nicky. Incluso, egoístamente pensaba que era cuestión de volver a conseguir un nuevo cachorrito labrador dorado en otra oportunidad, pues al fin y al cabo todos son muy parecidos. Cómo pretendía puerilmente engañarme así, si yo mismo era consiente que aún con su hermanito Bruno, tenían diferencias notables en todos sus rasgos. Además de egoísta al pensar sólo en mi sentimiento y necesidad. Nunca ningún otro perro iba a reemplazar a Nicky ni el amor que durante toda su vida al lado de mi familia nos entregó.

Como ven, este es uno de esos momentos a los que me refería al principio, de vidas compartidas con otros seres que dejamos atrás, y que ahora añoramos volver a vivir. Ya no es posible. Por eso quiero dejar estas notas de confesión tardía, sobre lo agradecido que siempre estaré con mi amigo Nicky por todo el amor que nos dio a mí y a mi familia. Nunca lo olvidaré. Hoy quiero aprender de mi equivocación, y esperar que algún día, pueda al menos tener una segunda oportunidad de compensar mi deslealtad, y compartir con otro miembro de tan noble especie viviente, que inmerecidamente el hombre tiene a su lado, sólo para llenarle de amor sus propios momentos de vacío y soledad.

NOTÍCULA: Al menos la tristeza que me deja el recuerdo de Nicky, me sirve para reprochar con vehemencia al Procurador Ordoñez, que sostiene la tesis de que los animales no son seres vivos sujetos de derechos, sino parte del paisaje natural del cual se sirve el hombre, y que por tanto, sólo es merecedor de la protección en tanto es un elemento mas que hace parte del entorno del paisaje.

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