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TERREMOTOS RECIENTES, EL INICIO DEL FIN?

Para dimensionar los efectos nefastos que sólo en la infraestructura de Colombia puede producir un terremoto como el ocurrido hace una semana en el Ecuador, basta sino pensar el tiempo y dinero que le cuesta a Colombia planear y construir cualquiera de los megaproyectos de infraestructura vial de Cuarta Generación que tiene el gobierno programados, como por ejemplo los que en Antioquia seguimos esperando desde los gobiernos de Uribe y Santos hace diez años mal contados, con más de quince billones de pesos en costo y que todavía no se inician, y comprobar que, en sólo los 45 segundos que puede durar un sismo, se daría al traste con todo, y su destrucción nos devolvería casi treinta años atrás en la historia, al nivel de desarrollo que teníamos en la mitad de la década de los ochenta, cuando con Belisario Betancur de presidente, sufríamos nuestra propia tragedia de Armero, y mil males más.

Es por ello que vista en esa dimensión de nuestra propia experiencia vivida, nos duele más la tragedia que por acción del terremoto reciente, se le vino encima al país hermano del Ecuador, donde ya se registran más de 600 muertos, entre ellos varios compatriotas, y la destrucción de importantes corredores viales, que a fuerza de un gran propósito nacional y el liderazgo del gobierno actual, lograron forjar en los últimos años, convirtiendo este país en uno de los más desarrollados en infraestructura vial en la región. Por ello, desde Colombia, toda nuestra solidaridad para el querido pueblo ecuatoriano.

Debe preocupar a la comunidad científica y al mundo entero en general, que tan sólo con unos pocos días de separación dos países extra continentales como Japón y Ecuador, hayan sufrido la misma tragedia natural por un sismo de similar intensidad, estando tan lejanos ambos entre sí, como decir que se encuentran a lado y lado del mundo y separados por todo el océano pacífico. Eso nos demuestra, que al estar ambos países ubicados en el llamado círculo de fuego del Pacífico, la zona de mayor intensidad sísmica del mundo, prácticamente medio mundo se encuentra en zona de riesgo inminente, por encontrarse “abrazado” por esa gran herradura sísmica de 40.000 km de extensión, la que al parecer en los últimos años viene incrementando la liberación de tensiones, sin que podamos comprender, por ser el tiempo del hombre tan corto y efímero, si probablemente sea el aviso de que nos aproximamos a una era de hecatombes.

No sé qué tanto puede precipitar el fin del mundo que siete mil millones de seres humanos acaben con todo sobre la tierra, pero sí sé que venimos deteriorando a pasos agigantados la atmósfera y el suelo, y como en todo, esto tiene sus efectos. Diríamos que el mal es igual para todos en el mundo, pero en realidad, los principales causantes no lo son la mayoría de personas pobres en el mundo, sino algunos pocos países ricos que contaminan con sus industrias y explotaciones en el subsuelo. Pero como siempre, los mayores efectos de las tragedias sí la padecen los países pobres en el mundo, ya sea por su misma situación económica que los hace poco prevenidos y vulnerables, o porque al vivir en el subdesarrollo, su prioridad es sobrevivir antes que preparase para el futuro.

Sólo así se explica que sismos de igual intensidad, como los ocurridos esta semana, puedan ocasionar efectos destructivos y con cuantía de pérdidas humanas tan diferentes, y con esto no quiero decir que ambos debieron ser igual de peor, sino todo lo contrario, no debió morir nadie. Y para que no muera nadie en adelante, ni que los países se atrasen treinta años con cada tragedia natural que les caiga encima, el mundo debe mirar hacia los más vulnerables, y trabajar por reducir la amenaza de nuevas hecatombes en esos países. Pues, después de la tragedia, de poco sirve la solidaridad mundial.

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