Por: César Augusto Hernández Ortiz
Hay luchas que nos concita a
todos por igual. Hay sueños que nos une a todos por igual. Hay triunfos que nos
regocija a todos por igual. Victorias que hacen que todos nos abracemos en un
solo abrazo como colombianos, sin distingos de raza, clase, religión o partido.
En nuestra sufrida Colombia, pocas son las cosas que logran todo ese cometido.
Y no son nunca situaciones que nos transforman la vida, son sólo situaciones
que nos colman de felicidad por un momento o corto lapso de tiempo, aunque luego,
tornamos a nuestra realidad llena de contingencias y zozobra. Casi siempre son
hechos que nos llenan de orgullo nacional, como cuando se alcanzan grandes
gestas por nuestros deportistas. Ver llegar a un Lucho Herrera con su rostro
sangrante por las caídas, a la meta triunfante de una etapa mítica del Tour de
Francia, o a un Nairo Quintana triunfar un Giro de Italia o un Subcampeonato
del Tour de Francia. Son los sentimientos más puros y desprovistos de egoísmo, que
genuinamente expresa al unísono todo colombiano por igual.
Porqué será que tan noble gesto
nunca se da cuando se trata de hechos, acontecimientos o actuaciones que
directamente transforman nuestras vidas para bien. Porqué será que un fin noble
como lograr la paz para Colombia no nos concita a todos por igual? Ante tal
propósito nacional, contrariamente lo que se ve aflorar es la rivalidad
política, la confrontación de tesis dispares y aún antagónicas, los corazones
no palpitan por igual en pos de dicho ideal, los sentimientos que se suscitan
son de diversa índole para todos, tan común resultan las manifestaciones de incredulidad
y apatía como las de confianza o interés dentro de la población.
Quiero creerles a quienes se
oponen al proceso de paz que adelanta el Gobierno con la guerrilla, en que su
oposición no es con la paz sino con los términos y condiciones con que esta se
está negociando. Afirman que tanta concesión es una claudicación del Estado frente a los
violentos. Sin embargo, cuando veo a las víctimas reales del conflicto perdonar
sus victimarios y querer la paz, concluyo que ese es el sentimiento autóctono,
puro y genuino que verdaderamente merece ser interpretado por todos. Es la esencia
de la Colombia que ha padecido el dolor verdadero, la muerte, el atropello y la
expulsión dentro de su mismo país, que en medio de su propia desgracia personal,
al contrario nos concitan a pensar en una Colombia para todos.
Nadie puede por tanto
legítimamente arrogarse la vocería de los que verdaderamente han padecido la
muerte de sus seres queridos y familia, los que han sido desterrados de su
territorio y arrebatados sus bienes, para sostener políticamente una postura
distinta a la que ellos claman por la paz, pues si ellos que ya todo lo
perdieron y nada porqué luchar les queda, aún conservan un resquicio de esperanza y último suspiro por la paz
de Colombia, no obstante que ya nada les retornará lo perdido, gesto tal de
desprendimiento no merece ser soslayado por la discusión política que en torno a
lo que en criterio de otros constituye un mal arreglo.
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