Por: César Augusto Hernández Ortiz.
De todos los seres vivos que pueblan
al planeta tierra, el hombre es el único que ha logrado evolucionar a un ser de
mayor inteligencia, definida como la capacidad de entender o comprender, como
la capacidad para resolver problemas y aprender de la experiencia, capacidad
para transformar el entorno o medio físico que le sea agreste y convertirlo en
un ambiente propicio para su hábitat. Pero no es el único ser dotado de
inteligencia, pues también los animales la tienen, aunque sea con mayores
limitaciones. Sin embargo, paradójicamente, aún con las limitaciones de
entendimiento que puedan poseer, nunca he observado que alguna especie animal
las utilice en su propia destrucción, como sí lo hace el hombre.
Y no me quiero referir a la
capacidad del hombre para construir armas letales que utiliza en su propia
destrucción, de las demás especies y del ambiente natural en general, pues esa
es ya una realidad irrefragable. Me refiere a una especie de virus autodestructivo
que tenemos inoculado todos dentro de nuestro propio cerebro, como una bomba de
tiempo que en cualquier momento hace detonación y explota, llevándose consigo
la vida de muchas personas en fracciones de segundos o minutos. Así ocurrió con
el hombre tunecino que mató con un camión a más de 80 personas en Niza esta
semana, o el ex marine americano que quizás habiendo sido antes un héroe de la
patria, esta semana explotó y mató a varios policías en Estados Unidos. O la
persona que hace unas semanas ingresó a una discoteca, también en Estados
Unidos, y comenzó a asesinar personas con un arma de fuego sin explicación
alguna.
Digo sin explicación alguna,
porque todos ellos antes de sus macabros episodios, vivían como personas
aparentemente normales en medio de sus conciudadanos. Ninguno de sus vecinos
evidenció actitudes o comportamientos sospechosos de estos asesinos, más allá
de que fueran personas retraídas, que
hicieran prever siquiera los aterradores acontecimientos que estaban a punto de
desencadenar.
Quién iba a imaginar acaso, cuando
ni siquiera su novia lo sospechó, que un joven prospecto como el copiloto
Andreas Lubitz, iba a hacer estrellar el avión Airbus 320 de Germanwings que
provocó la muerte de 150 personas hace unos meses. Como ven, todos estos actos
de involución de la especie, de autodestrucción, son sólo propios del ser
humano, no de los animales. Como si se nos mostrara con ello que con nuestra
inteligencia también viniera una alta dosis de desquicie, ampliamente volátil.
Como si la razón llegara a tal nivel de presión, que explotara y desencadenara
una bestia mortal que llevamos por dentro.
Explicaciones para estos actos de
terror, se dan por doquier por las autoridades de los países, apelando al flagelo del
terrorismo en el mundo, al radicalismo y extremismo religioso y político. A la consecuencia de la exclusión y
sometimiento que los países ricos ejercen sobre los países pobres del mundo, dirán algunos otros. Pero yo pienso que falta una explicación más profunda, que nos explique
desde la ciencia de la razón, qué hace que una persona pueda despreciar su
propia vida, al punto de no importarle inmolarse y llevarse consigo la vida de
cientos de inocentes.
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