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NUESTRA SOCIEDAD, UN TRIBUNAL DE MORAL

Por: César Augusto Hernández Ortiz

El ser humano es por antonomasia un ser social, vive en sociedad y precisa del reconocimiento de los demás para reivindicar su autoestima, pues qué caso tendría esforzarnos por estudiar, o formarnos en lo personal, si no contáramos con otros ante quienes proyectar esos logros, y no porque nos mueva la vanidad, que aunque siempre está latente en nuestro interior, lo que realmente aspiramos es ver recompensados nuestros esfuerzos por parte de la sociedad, así sea tan sólo a través de triunfos morales, que no económicos o de poder.

Aunque en realidad, son muchos también los que van por la vida tan solo ambicionando riqueza y poder. Pero al igual que los primeros, también ansían contar con reconocimiento social. Sólo que a veces sus ambiciones los desbordan y cruzan la tenue línea que separa la licitud de la ilicitud, la moral de la inmoralidad, y al verse expuestos en la picota pública, el descrédito les hace perder la vergüenza. Lo vimos recientemente en Colombia con los empresarios accionistas de Interbolsa, ante el escándalo destapado por el desfalco a sus ahorradores e inversionistas.

Sin embargo, qué persona no deja de luchar durante toda su vida por mantener su buen nombre así sea tan sólo en apariencia, es un legítimo derecho, que incluso tiene amparo dentro del derecho, que con claridad sentencia que nadie es culpable mientras no medie sentencia judicial condenatoria. Pero en el campo de la ética y la moral el asunto es distinto, y muchas veces sufrimos el escarnio de la condena social sin haber sido vencidos en juicio.

El pasado lunes 4 de julio durante la conmemoración en Rionegro de los 25 años de la Constitución Política de Colombia, todos asistimos atónitos a la paradoja de que en la efemérides por la Carta Magna más garantista en derechos humanos de la historia democrática de Colombia, en su intervención el exmagistrado Nilson Elías Pinilla Pinilla dio unas fuertes declaraciones hablando de corrupción en ese tribunal y refiriéndose especialmente a sus colegas Jorge Pretelt y Alberto Rojas Ríos, tachándolos como una vergüenza para el alto tribunal,  al tiempo que solicitaba a la Presidenta de la Honorable Corte Constitucional María Victoria Calle Correa hiciera respetar la Corte y exigiera la renuncia inmediata de los colegas cuestionados.

Obviamente, la dignidad que representan los miembros del honorable tribunal, obliga por decoro y respeto al mismo, hacer dejación del cargo cuando nuestro nombre es puesto en entredicho. Sin embargo me pregunto, ya no en este caso, sino a nivel general, quién a nombre de la sociedad liderará las acciones reivindicatorias para devolverle el buen nombre a quien de manera anticipada ha sido condenado y luego demuestra su inocencia?

Y más aún, incluso siendo hallado culpable y condenado, quién a nombre de la sociedad le dará la oportunidad para su reintegración a la sociedad una vez cumpla su pena? O definitivamente, asistiremos siempre al doloroso episodio de ver morir a una persona sola y abandonada, sin haber podido expiar sus culpas ante la sociedad, no obstante haber pagado su pena, como le ocurrió esta semana al señor Hernán Botero Moreno, exdirectivo del Club Deportivo Atlético Nacional de Medellín, quien en su momento a muchos llenó de gloria.

Mucho me duele no encontrar respuesta a mi pregunta y verme inmerso en tan despiadada sociedad. Siendo así, poco motiva buscar reconocimiento de quien al mismo tiempo es tu verdugo.

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