Por: César Augusto Hernández Ortiz
Esta semana, a propósito de la
derrota de Colombia por marcador 3-1 frente a Chile en el Grupo I de la Zona
Americana de la Copa Davis, como consecuencia de que nuestra raqueta número uno
Santiago Giraldo decidiera retirarse del partido que perdía contra el chileno Gonzalo
Lama, por considerar indignante para el país, que se le sometiera a disputar el
torneo en un escenario deportivo más parecido a “un potrero”, que a una cancha
de tenis que cumpliera con las mínimas especificaciones técnicas requeridas, me
vienen a la mente experiencias de mi niñez, que quizás por hacer parte ya de
tiempos idos, son vivencias que no generan valores y constituyen parte de las muchas cosas ya extintas de nuestra
vida contemporánea.
Cuando era niño y la pasión era
jugar fútbol todos los días, recuerdo que en mi barrio Alejandro Echavarría, en
el Centro Oriente de Medellín, lo hacíamos en la calles del sector. Escogíamos
las más anchas y planas, que para el efecto sólo había una, la calle 50, la que
en todo caso no era plana del todo y tenía una ligera pendiente. Jugábamos
frente al “Granero El Cóndor”, propiedad de Don Ricardo, exponiéndonos a que
cada que la pelota cayera dentro de su establecimiento, nos la devolvía hecha añicos
a tijeretazos, o nos la confiscaba.
Pero con todo y eso, era el único
sitio “ideal” para jugar fútbol entre nosotros mismos, es decir, entre los
amigos de la barra. Distinto era cuando nos tocaba jugar de “visitantes” en desafíos
futboleros programados contra las demás barras del barrio. Allí la cosa era a
otro precio, pues las vías eran más estrechas y empinadas, y obviamente, por
jugar de visitantes, nos tocaba hacerlo en el sentido contrario a la pendiente
de la vía, es decir, correr y patear el
balón en subida. Que desgaste físico y que inequidad a la que se nos sometía. Pero
bueno, éramos niños y jugábamos con alegría y amor por el fútbol de calle.
Muchos en el país y en Chile le
han caído encima al tenista Santiago Giraldo por su retiro, incluso llamándolo tenista de
medio pelo y justificando en su mediocridad su actual posición en el ranking mundial
de la Federación Internacional de Tenis. No pretendo sumarme también a esa ola mediática
que se ha desatado en su contra, pero sí recuerdo de la anécdota que traigo a
cuento de mi niñez, que una regla básica y acatada era que si ambos
contrincantes aceptábamos jugar bajo las condiciones de restricción
preexistentes, ya después no había espacio para el “chillido”.
Cuántos años transcurrieron en el torneo de
fútbol profesional colombiano, en que se hizo famosa la frase de que jugar con el Junior de
Barranquilla en el destartalado Estadio Romelio Martínez, exigía al equipo
contrincante no sólo contar con las condiciones para derrotar futbolísticamente
a los tiburones, sino también para vencer las condiciones agrestes de la cancha,
que los futbolistas Junioristas conocían como los que más, y explotaban a su
favor en cada partido.
Pero quizás esa regla ya no vale
en un torneo profesional de carácter internacional, donde se deben cumplir unas
condiciones técnicas en los escenarios deportivos. Incluso, queda la duda si el
equipo de Chile sacó provecho de las condiciones de la cancha, pero
independiente de eso, era la Federación Colombiana de Tenis la que debió
ejercer las acciones del caso, para que no se realizara la competencia en tales
condiciones, y ésta no lo hizo en su momento.
Ese filón de pundonor, para luchar aún en contra de todo, no se puede perder nunca por nuestros deportistas.
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