Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Ingeniero Civil.
Esta columna no es de un santista, digamos
mejor, que es de alguien que ha padecido como la mayoría de colombianos, de contar con reales
oportunidades de trabajo para sacar adelante su familia. Sin embargo, no puedo
quejarme, porque en medio de las vicisitudes no ha faltado algún amigo que me
tienda una mano. El asunto por el que escribo es que hoy 7 de agosto, me nace expresar mi reconocimiento
por el logro del presidente Juan Manuel Santos de haber conseguido que la sexagenaria
guerrilla de las Farc se desmovilizará e ingresarán a la civilidad.
Que el Gobierno cometió errores en el proceso
de negociación con las Farc, a lo mejor sí, y probablemente, muchos dirán que
se cedió demasiado a las pretensiones de una guerrilla atroz y sanguinaria,
pero es tan importante para el futuro del país, que después de décadas de
violencia ya no se vuelvan a cometer crímenes atroces y acciones terroristas
contra la población civil, que pienso que bien valió la pena haber cedido en lo
que se pactó con la guerrilla para que aceptara dejar de asesinar colombianos.
A los que están en contra de los acuerdos, en
su mayoría por aspectos de razones de estado y por conllevar una presunta indignidad y claudicación para
la patria, quisiera recordarles que en los 198 años que hoy celebramos como
república independiente, no siempre el Estado que recién se gestaría a partir
de ese 7 de agosto, fue un dechado de virtudes que hiciera honor al real pacto
social que nuestros antiguos con cuota de su sangre quisieron sellar después del glorioso triunfo del puente de Boyacá. Al contrario, han sido muchas las muertes de colombianos que,
a nombre del bipartidismo, la corrupción y los intereses de la oligarquía
excluyente enquistadas dentro del aparato estatal, se han infligido a todo lo
ancho de nuestra joven nación naciente durante estos 198 años.
Estoy seguro de que Juan Manuel Santos, como
bien lo ha dicho, no tiene pretensión alguna de utilizar réditos políticos que,
derivados del acuerdo con las Farc, le puedan impulsar a futuro la obtención de
intereses personales. Además, por cuanto ha sido tan cruenta la oposición que
ha recibido por parte de sus detractores, que menoscabada al máximo su
popularidad ante la opinión pública, hoy bien claro tiene él, como muchos de
los que creemos en la bondad del acuerdo con las Farc, que necesariamente
quedará para la historia futura de Colombia y las generaciones venideras, el
reconocimiento por el logro alcanzado en su gobierno en favor de la paz de
Colombia.
Nunca he tenido la oportunidad de conocer en
persona al presidente Juan Manuel Santos, ni he gozado de privilegio alguno personal
por el que deba estarle agradecido en lo particular, desconozco que tan ciertos
sean los epítetos que se le sindican como calculador, desleal y oportunista,
pero tengo claro que su misión al llegar a la Presidencia de la República no
era la de convencer a nadie de que era una “buena persona”.
No creo que exista un solo colombiano, que la vida
y el destino le haya puesto por suerte ser ungido presidente de Colombia, y que
no aproveche tal oportunidad para trabajar por lo que realmente cree desde su
más íntima convicción personal. Hay roles en la vida, como ser presidente de
una nación por estricto mandato popular, en los que estamos enfrente, no sólo
de un pueblo que nos observa con criticidad, sino ante la oportunidad única de
cambiar la historia para ese pueblo.
Visto así, Juan Manuel Santos será el
presidente de Colombia, que después de sesenta años de violencia guerrillera, y bregando en lo que muchos antes fracasaron, entrega un gobierno a su sucesor sin las Farc. Y repito, no soy ni santista, ni
mucho menos lambón.
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