Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Ingeniero Civil
Los últimos días
han sido nefastos y de involución para el hombre como ser inteligente y
racional de la naturaleza. Muerte y desolación por cuenta de huracanes en el
Caribe; terremoto en México; actos de terrorismo que llevan muerte a diversos
lugares del mundo; violencia, hambre y anarquía en países vecinos como
consecuencia del desplome de regímenes políticos antidemocráticos y autoritarios,
el riesgo inminente de una nueva guerra mundial por las hostilidades de Corea
del Norte con sus desafiantes pruebas nucleares. Tantas zozobras han generado
los cruentos acontecimientos que ya en las redes sociales se habla y vaticina
sobre la proximidad de una hecatombe mundial.
Y en Colombia,
donde recién se firma un acuerdo de paz para poner fin a décadas de violencia y
muerte, que bien pudiera ser motivo de tranquilidad social y por fin mirar con optimismo
y esperanza el futuro para todos, al contrario ha divido a los colombianos en
medio de la violencia de palabra, el odio y la agresividad política, instigada
por quienes paradójicamente, por fungir como líderes políticos, deberían propiciar
el entendimiento y la reconciliación, tal como nos lo exhortó el Papa Francisco
en su reciente visita al País.
Ese dar el primer
paso hacia el encuentro con el otro a que nos concitó el Papa Francisco, quizás resultó ser una difícil tarea de cumplir, para quienes han hecho de la violencia y la
intolerancia la forma de interrelacionarse como miembros de una sociedad, que
por reconocerla diversa, pluricultural e inequitativa, les sirve de patente de
corso para ahondarnos en la confrontación personal y la vendetta, como únicas
formas de supervivencia, así sea mediante el exterminio del otro, ya sea en lo físico
o lo moral.
No existe la lealtad
en lo más mínimo, ni la gratitud. Y nunca podrá esperarse que florezcan estos valores entre
los menores cuando los mayores no dan el ejemplo. La degradación moral de la
sociedad por cuenta de la corrupción llega a topes inimaginables, sin
posibilidades de otear un cambio de conciencia cercano, al ver que la propia justicia
cae presa de la perdición hasta lo más hondo del abismo.
Nuestro sistema
democrático, en otrora tenue luz de reconciliación nacional, hoy es pálido
cirio que languidece en medio de la huida producida en los partidos políticos, que
desprestigiados a más no poder, ven correr desesperados a quienes les infringieron
tal estado de postración, a recoger las firmas de incautos ciudadanos, que les
permitan postularse de nuevo a los altos cargos de elección popular, y lavar así su propia ignominia cometida contra la patria.
Y como si esto
fuera poco, no faltan quienes aún persisten con discursos políticos sobre la moral y la
ética, pretendiendo que el pueblo los ensalce, pues como suele ocurrir en medio
de la degradación moral, que en casa de ciegos, el tuerto es rey.
Comentarios
Publicar un comentario