Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Ingeniero Civil
Antes en
Colombia era relativamente fácil hacer debates políticos sobre los problemas de
la nación, a partir de las concepciones ideológicas que sustentan los partidos políticos.
Eran épocas del bipartidismo liberal y conservador, y los conflictos sociales
existentes y el modo de resolverlos, se decantaba en dos posturas alternativas,
la liberal, como una filosofía política que defiende la libertad individual, la
iniciativa privada y limita la intervención del Estado y de los poderes
públicos en la vida social, económica y cultural. Promueve, en suma, las
libertades civiles y económicas y se opone al absolutismo, al despotismo, los
sistemas autoritarios, dictatoriales y totalitarios. Constituye la corriente en
la que se fundamentan tanto el Estado de derecho como la democracia
participativa y la división de poderes. Hoy no es tanto así, y lo vimos en días pasados cuando directivas del partido vetaron las aspiraciones presidenciales de Vivian Morales y Sofia Gaviria por sus posturas personales en torno al acuerdo de paz.
Por su parte, de
otro lado, estaba la postura conservadora, como una corriente generalmente de
centroderecha y derecha, que favorece las tradiciones y que son adversos a los
cambios políticos, sociales o económicos radicales, oponiéndose al progresismo.
En lo social, los conservadores defienden valores familiares y religiosos. En
lo económico, los conservadores son proteccionistas, en oposición al libre
mercado. Hoy el partido es una diaspora judía en la cual cada dirigente corre por su lado según sus propios intereses.
Cuando quiso
surgir en Colombia un partido fuerte de izquierda como alternativa política, la
Unión Patriótica, ya sabemos lo que sucedió, que fue exterminada y asesinados
todos sus dirigentes por parte de las fuerzas ocultas que siempre han existido
en la historia de nuestro país, para mantener el statu quo o estado de cosas
injustas, inequitativas y excluyentes, que por siempre han pervivido en Colombia
en favor de unos pocos privilegiados por el régimen.
Sin embargo,
después de la constitución del 91, se ha promovido el surgimiento de varios
partidos políticos, que aunque contrario a la que fuera la intención de entonces, que fueran partidos
políticos provistos de ideologías modernas producto de la madurez política y
democrática del pueblo, han decaído en los mismos vicios patológicos que
padecieron los partidos políticos del pasado, como el caudillismo, el
clientelismo y la corrupción, sumándole adicional, la ausencia en absoluto de postura ideológica alguna.
Después del
fiasco que significó para la democracia del país el nacimiento y vida del
Partido de la U, conformado por liberales y conservadores de origen, no podía esperarse menos de esa mezcla extraña que, después de los mil escándalos de corrupción en que se han
visto envueltos sus dirigentes, carentes por lo demás de una filosofía política
propia que respetar y defender, le llegara su muerte tempranera como ya se
vislumbra para las elecciones del año 2018.
De otro lado, un partido
moderno como el Centro Democrático, cuya razón de ser responde casi
exclusivamente a mantener el ideario político de la obra de gobierno de su
fundador, el expresidente Álvaro Uribe Vélez, no ha logrado superar su
naturaleza de partido caudillista, y siendo así, resulta patético y notorio verlos cómo viven
cometiendo toda clase de atropellos contra sus mismos militantes y contradictores
políticos, cuando suelen irse en contra de su mesiánica figura, alma y núcleo de
la cual deriva el partido político su existencia.
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