Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Hay quienes afirman con gran razón que la necesidad de todo hombre que vive en sociedad es
gozar de reconocimiento. Ser alguien y ser reconocido por ello. Pues pasar
inédito por la vida, debe ser frustrante para el alma. Por eso todos nos esforzamos
para llegar a ser llamativos para los demás. No es sólo vanidad, es necesidad
vital. Sentirnos reconocidos, respetados, apreciados y queridos por quienes forman parte de nuestro círculo social.
Sin embargo, la
paradoja está en que la condición natural de los hombres es no ser proclives a
dar reconocimiento a los demás. Se es por naturaleza egoísta y sólo damos
reconocimiento a alguien si a cambio recibimos algo que necesitamos. Es por
ello, que siendo esta una condición general en las personas, encontrar la excepción
en alguien, que sin egoísmo brinda reconocimiento al logro de los demás, lo hace un ser especial y único, un ser maravilloso, de los que pocas
veces encontramos en la vida.
Naturalmente,
cuando una persona goza de un don natural, es un artista, un deportista o
escritor famoso, un músico o líder natural, no sufrirá de ese vacío espiritual
que produce la falta de reconocimiento. Al contrario, será admirado, respetado
y querido por muchas personas. Pero también, encontramos el ejemplo de muchas personas que
desde el anonimato trabajan arduamente durante toda su vida para salir adelante, y producto de tal esfuerzo, finalmente se hacen merecedores de admiración y reconocimiento.
Igualmente,
también hay quienes aun esforzándose en su trabajo, entregando todo de sí con
disciplina y abnegación en beneficio de su empresa, pocas veces reciben el
reconocimiento de sus jefes. Para ellos, que se entregan con estoicismo a su
labor diaria, debe resultar frustrante la ingratitud que reciben a cambio.
Pero también hay
personas superlativas en amor, que todo lo dan sin esperar nada a cambio. Una
madre que madruga todos los días a despachar sus hijos al trabajo o al estudio,
un padre que se sacrifica toda una vida con humildes trabajos para sacar adelante su
familia. Son estas personas excepcionales las que le dan sustento
moral a nuestra sociedad. Las que construyen valores en cada uno de sus actos,
sin esperar reconocimiento alguno de parte de nadie.
Que contradicción, tanto que nos
afanamos en nuestra efímera existencia persiguiendo un sueño de vida, que dicho
de paso casi siempre lo avizoramos en medio de cosas materiales, confort y
reconocimiento, que nos olvidamos de la esencia que constituyen los pequeños, pero
en el fondo grandes triunfos morales, obtenidos por ejemplo, en saber como conservar
un amigo por muchos años, o preparar un discurso y poder exponerlo con gran
éxito ante un público exigente; lograr esa gran meta perseguida por años de
dejar un mal hábito, rebajar de peso, o siendo un obsesionado toda la vida por la
música, aprender finalmente mi canción preferida, y poderla cantar con éxito
en una reunión de amigos. En últimas, dejamos de lado la satisfacción interior que deja el logro de trabajar cada día por ser mejores seres humanos.
Seguramente
estas pequeñas acciones no nos harán famosos, ni dignos de reconocimiento público.
Pero si estoy seguro, que dado que al hacerlas lo único que perseguimos es compartir momentos bellos con los demás, nadie se sentirá prevenido en
regalarnos un suspiro de amistad en vida, o un comentario de recuerdo amistoso cuando
hayamos partido de este mundo. Eso será suficiente para saber que no fuimos inéditos en la vida.
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