Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Aunque soy
gran aficionado al fútbol, no participo casi de las actividades propias de un
verdadero hincha del fútbol, como asistir cada domingo al estadio para ver jugar
a mi equipo de la liga colombiana, o estar atento a la suerte y
desempeño de mis jugadores favoritos. Sin embargo, trato de mantenerme al tanto
sobre el mundo del fútbol a través de las noticias, y me alegro de verdad con
los triunfos de nuestros jugadores en los equipos donde juegan, nacionales o
internacionales.
Siempre he
notado que para todo jugador profesional, uno de los mayores anhelos, a más
de alcanzar un buen desempeño en el equipo que lo contrató, y por ende alcanzar
la titularidad en la nómina, es conquistar el cariño de los hinchas y
aficionados. Tanto que frente a cada logro personal la dedicatoria va dirigida siempre
a los hinchas del equipo.
Sin embargo
hay casos especiales de agradecimiento que me llaman la atención, por la
humildad y calidad humana que entrañan, que de paso, y sin conocer personalmente al jugador, me
llevan a admirarle por su gesto de nobleza. Este es el caso del
arquero del Club Atlético Nacional, Franco Armani.
Aunque ya
le he escuchado varias muestras de agradecimiento, traigo a colación estas
palabras que encontré dirigidas al líder de una de las barras del equipo, Felipe
Muñoz:
“Yo me quiero quedar de por vida en Nacional, la verdad
me daría mucho dolor irme y acá soy muy feliz, sé que en otros
lados podría ganar mejor, pero no hay plata ni equipo en el
mundo que valga el afecto de un pueblo, el cariño a una ciudad y el amor que le
tengo a este equipo y a su hinchada donde llegué sin nada y ahora lo tengo
todo”, respondió Armani.
Y es que en verdad fue así, porque aún
recuerdo como hace años Armani era un simple y eterno suplente del arquero
titular del Nacional, Gastón Pezzuti, gran ídolo de la afición verdolaga.
Incluso cuando ocasionalmente actuaba, eran notorias sus falencias como
arquero, suelto de manos y falto de seguridad bajo el arco y al salir por los
balones. Sin embargo, he aquí lo notable. Supo sobreponerse y con el paso del tiempo,
poco a poco fue ganando su espacio. Hoy reconozco en él, a una persona humilde que con
disciplina y dedicación se aplicó a trabajar y a perfeccionar el arte de su labor,
hasta convertirse en un verdadero maestro del arco. Un salvador de mil batallas
y protagonista directo de grandes triunfos y gestas internacionales para el
Nacional.
Hoy me merece mi mayor admiración, y
constituye un gran ejemplo para todos, pues demostró como una persona es capaz
de superarse y triunfar, producto de su esfuerzo personal. Y aunque sé que
siempre tendrá cosas por aprender, me sentiría muy orgulloso que llegara a ser
convocado para defender el arco de nuestra Selección Colombia de fútbol en el
próximo mundial de Rusia.

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