Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Ingeniero Civil
Definitivamente la
posverdad se ha tomado la política en Colombia, y lo peor de todo, es que ha
sido de buen recibo por un vasto sector de la población. Sí, así como digo. No
es sólo lo grave que es que un dirigente político diga mentiras o verdades a
medias para conseguir adeptos, sino que muchos gustan de las mentiras que le
dicen. Son consientes de las mentiras, pero igual consideran que son necesarias
para poder precipitar una decisión o cambio de actitud de la población, con la
cual consideran se logrará una mejora social.
Ocurre por
ejemplo con las Circunscripciones Especiales de Paz, con las que se busca que
las víctimas del conflicto tengan una representación en el Congreso, pero que los
opositores al Gobierno aseguran se trata de 16 curules adicionales para las
Farc, y así lo pregonan con aparente convicción.
Algún colombiano
desprevenido seguramente tendrá la sindéresis suficiente para considerar que
ello no es así, que se trata de una exageración o frase efectista por cálculo
político. Sin embargo, es posible que en su interior piense que fue mejor que
el Congreso tumbara la medida, y con ello evitar que llegue más burocracia
política al Congreso, que bien ha demostrado que para nada sirve, y siendo así,
es mejor que la medida se haya caído.
En todo este
panorama nublado que propicia la polarización política que vive Colombia, por
cuenta, presuntamente, del mal Acuerdo Final de Paz logrado entre el Gobierno
Santos y las Farc, no se alcanzan a percibir hechos graves que están ocurriendo,
estos sí reales, y que, si no alcanzamos a discernir y a resolver como
sociedad, seguramente volveremos a épocas superadas de incertidumbre y extravío
del rumbo como nación y país.
El primer hecho
que quiero relievar, si analizamos bien, lo encontraremos en que no fue el
acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc, el florero de Llorente que desató
la contradicción entre Uribe y Santos, pues la reelección de Santos,
independiente de los cuestionamientos por la financiación de las campañas con
dineros corruptos de Odebrech y la mermelada, fue un claro mandato popular para
que se continuara con los diálogos y se llegara a un acuerdo final. Esta pelea Uribe-Santos
ya venía desde el primer mandato y por motivos más de mecánica política y
trasfuguismo entre socios del poder. Sin embargo, la negociación con las Farc
fue la excusa perfecta para la posverdad que el país esperaba escuchar.
Un segundo
hecho, más grave aún, es la insolidaridad, egoísmo y pobreza de espíritu patrio,
que la “ambición por un acuerdo de paz” nos desnudó como nación. Celebramos que
ya no haya secuestros, atentados ni pescas milagrosas, pero poca atención nos
merecen las víctimas de la guerra y los tres millones de desplazados que dejó
el conflicto.
Tampoco que a la
fecha ya hayan asesinado a cerca de un centenar de líderes sociales y
defensores de derechos humanos, precisamente, el mayor número de muertes y
agresiones ocurridas en zonas cocaleras y en las regiones delimitadas para las
circunscripciones especiales de paz en la Cámara de Representantes. Es decir,
nos rasgamos las vestiduras por las curules, pero no decimos nada sobre quienes
serían probablemente los candidatos que ocuparían estas curules, y que están siendo
asesinados. Siempre es mejor polarizar al país para ocultar males estructurales.
Y finalmente, el
otro hecho es el de la corrupción a todo nivel. Nos quedamos tranquilos con frases
de cajón como que “el conflicto no dejaba ver la corrupción”, pero no es así.
Hoy la corrupción es un fenómeno de crimen organizado que alimenta la política
y financia el ejercicio del poder desde el Estado mismo, para beneficiar a quienes
conforman las redes de criminalidad. Nuevamente digo, siempre es mejor polarizar al país para ocultar males estructurales.
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