Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Ingeniero Civil
Quiero aprovechar estos días de semana santa de
poca tensión por los asuntos de trabajo, aunque no de preocupación por los tantos
problemas y dilemas que gravitan alrededor de nuestras vidas, para hacer
claridad sobre ciertos sofismas y falacias que se vienen propalando en torno a los candidatos
a la Presidencia de Colombia, que, según las encuestas de sondeo, tienen mayor opción en la intención de voto, para llegar a la Presidencia.
Y es que se ha vuelto costumbre, por esto del
auge de las posverdades, decir falsedades y mentiras en torno a uno u otro
candidato, dependiendo de la simpatía o compromiso que se tenga con alguno en
particular, para descalificar a los demás, y hacer ver al propio como el más
prístino y ungido por la gracia divina para llegar a la Presidencia.
De forma adrede y sesgadamente, olvidan la mayoría de
las personas, que el debate debe hacerse sobre lo que cada candidato plantea en
torno a los graves problemas de la Patria, la manera como piensa gestionarlos
con miras a reducir el impacto negativo entre la población, y sobre todo, cómo
piensa conducir al País hacia un mejor desarrollo y progreso, al tiempo que
procure una mejor calidad de vida para las personas, reduzca la enorme brecha
social, la inequidad, el desempleo y la pobreza que padecen la mayoría de los
colombianos.
Como es obvio que todos los candidatos ofrezcan por distinta manera y métodos, luchar por alcanzar tales premisas, resulta imposible
adivinar desde ahora si el elegido finalmente cumplirá con lo que se
compromete, y en ese análisis por reducir al mínimo la posibilidad de
equivocarnos en el voto, constituye un elemento importante de juicio, más que
mirar qué partidos, líderes políticos o coaliciones los respaldan, y condenarlos
mañosamente por este aspecto de manera infundada, conviene si en cambio examinar
profusamente cuál ha sido la trayectoria pública de cada uno de los candidatos
durante toda su vida.
Fundamentalmente, qué candidatos cuando han
tenido oportunidad de ejercer el poder de la administración, lo han ejercido
con revanchismo, generando confrontación con sectores de la sociedad, o asumiendo
gobiernos excluyentes bajo la excusa demagógica de no negociar los asuntos del
estado con nadie y menos con los políticos, pero sí terminan haciéndolo con sus
amigos y grupos económicos benefactores. O en el otro extremo, quiénes llegan
al gobierno con tantos compromisos burocráticos y deudas pendientes, que a lo
que llegan es a gobernar con politiquería y “mermelada”.
Bajo estas circunstancias y antecedentes, evidentemente
presentes en varios de los candidatos que hoy luchan por llegar a la
Presidencia de Colombia, no podemos desconocer, si hacemos un análisis
objetivo, que hay un joven que en pocos meses ha sabido ganarse la
favorabilidad de miles de Colombianos, y lo ha hecho merced a sus propios
méritos y carisma, su profesionalismo y la manera madura con que ha asumido el
debate electoral que lo han hecho descollar frente a sus opositores, quienes se hunden
en medio del discurso rastrero y descomedido que le dirigen, cuestionándole por
quien lo respalda en su aspiración, ante la incapacidad de hacerlo respecto a su persona.
Siempre he dicho que el mayor privilegio que
puede tener una persona en su vida es llegar a ser el presidente de su patria,
y allí no se llega para traicionar a nadie, sino para ser y hacer lo que
siempre se ha sido y pensado en la vida. Es por ello que nunca fue cierto eso
de la supuesta “traición” de Santos a Uribe y su gente, quien al contrario supo
en su momento hacer la lectura del momento histórico que vivía la nación para
acercarse a un arreglo pacífico del conflicto, visionando un momento para el
cual sus predecesores se mostraron miopes.
Así mismo hoy, los miles de colombianos que
apoyan a Iván Duque, encuentran en él, antes que un títere como peyorativamente
le tratan sus contradictores, de forma por demás irresponsable, a una joven promesa
que Colombia requiere para un momento igualmente histórico de transición, quien
no habiendo estado nunca ejerciendo mandato público alguno que le manchara de
corrupción, o le marcara hacia alguno de los extremos políticos a que hoy de
forma ruin quieren llevarlo sus enemigos, siendo por tanto el más idóneo para
encarar el difícil momento de la Patria, que exige recuperar la autoridad libre
de concesiones, para enrutarnos de nuevo por la vía del desarrollo, pero al
tiempo respetando la esencia del acuerdo que a través de la civilidad como
nación se nos brinda, para reducir los niveles de un conflicto sexagenario.
No mas concesiones a los violentos y criminales,
autoridad para sacar adelante al país, pero igualmente respeto por las
instituciones, y sobre todo, nunca más pagar con corrupción, “mermelada” y
cuotas burocráticas la gobernabilidad del país. Y por último, gobernar para todos
los colombianos, no para unos pocos. Como ven, son anhelos que sólo una
trayectoria limpia de rencores y alianzas ocultas como la que se deriva de la
hoja de vida de Iván Duque, permite volver a soñar con el cambio para
Colombia, y no como maliciosamente piensan algunos, en el rencauche de Uribe.
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