En ocasiones suele suceder que, sin hacer un análisis suficiente de todo lo que perciben nuestros sentidos, al que por demás
estaríamos obligados, por ser el único ser vivo provisto de inteligencia y
razón, nos formamos juicios elementales sobre los acontecimientos y eventos que
a diario se nos presentan en la vida. Carecemos en absoluto del más mínimo sentido de observación
sobre los hechos del mundo y la naturaleza. Desperdiciamos la oportunidad de
aprender del mundo sólo con observar. Y producto de esa forma simplista de
interrelacionarnos con el entorno, el paisaje, las personas y demás seres vivos
que nos rodean, construimos conceptos falaces y erróneos.
Uno de esos juicios equivocados es no reconocer que
otro ser vivo, desprovisto de razón, como puede ser cualquier miembro del reino
animal, pueda albergar algún sentimiento de amor por los miembros de su
especie, o por sus hijos, al punto de sacrificar su propia vida por el
bienestar de ellos. Vi esta semana un vídeo que me conmovió, en que una madre
ciervo se lanzó a un charco de agua y se colocó frente a las fauces de un
cocodrilo, que de inmediato la devoró, para salvar la vida de su cría en
peligro. ¿Qué milagro de la naturaleza hace que pueda subsistir un indefenso
animal como un ciervo, carente del más mínimo mecanismo de defensa, como no sea
estar atento siempre para no sucumbir ante los miles de peligros que la selva
le depara?
Pensaría uno que, tratándose del ser humano, por
gozar de inteligencia y raciocinio, disponemos de todas las ventajas para afrontar
las calamidades de la vida. Sin embargo, paradójicamente no es así. El ser
humano sufre, enferma, y en muchas ocasiones muere, abrupta y prematuramente, víctima
de desastres ocasionados por él mismo o por su imprevisión. Vemos como aun estando dotados de inteligencia, no somos capaces de alcanzar la felicidad.
Tanto que nos esforzamos estudiando, trabajando, buscando un mejor estar y
calidad de vida. Construyendo una familia como fin superior de nuestras vidas.
Y cuando al fin creemos que vamos por la senda soñada, y que alcanzaremos nuestros objetivos, llega el infortunio a nuestras vidas, al seno
de la familia, y nos coge indefensos y por sorpresa.
Y en este caso es la enfermedad. No es una
cualquiera, es la que por siempre nos ha aterrado y atormentado. La que derrumba al más
fuerte. Y como todo absurdo, no recae en la persona más vieja, en la que más ha
vivido, sino que lo hace en la joven. Quizás incluso, en la que más la vida le
ha privado de reales gozos y plenitud, a la que mayores duelos le ha dejado. Me duele
sobremanera, que tan pequeña familia, aún con el dolor a cuestas por la pérdida
prematura de sus mentores, se vea de nuevo enfrentada a la desolación. Vendrán
días difíciles, que sólo la solidaridad y el amor fraterno de los cercanos, que aunque pocos, darán las fuerzas necesarias
para seguir adelante, unidos, y por qué no, quizás con fe y la ayuda del que
todo lo puede, se pueda de nuevo encontrar la luz al final del camino, como un
nuevo milagro, de los muchos a que a diario nos tiene acostumbrados la naturaleza.
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