Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Lastimosamente, la historia continuada de violencia en
Medellín nos ha demostrado, que ante la ineficacia, el costo y tiempo que
representa al estado realizar un trabajo de investigación, seguimiento, e inteligencia
militar para detectar y capturar a los responsables de la criminalidad en la
ciudad, llevarlos ante la justicia y condenarlos, buen remedio le ha sido
recurrir a acciones militares “non sanctas”, que han degenerado en múltiples violaciones
a derechos humanos y homicidios, tanto de culpables como inocentes civiles, adelantadas
en alianzas incluso, con facciones de la misma ilegalidad, aplicando aquello de
que al mal se le conjura con el mismo mal.
Lo vimos en el famoso bloque de búsqueda que combatió
y eliminó al capo Pablo Escobar en los 90, y en la Operación Orión de la Comuna
trece en el 2002 desplegada contra las milicias urbanas de la guerrilla.
El error que se comete tras estas operaciones
de purga de la criminalidad, decretadas más por motivos políticos, son los
efectos desmedidos que se le atribuyen, aparte que son episódicas y no articuladas
con programas integrales de inversión social en los territorios y, en este
sentido, podría decirse que el Estado y los gobiernos le han fallado a estas
zonas en conflicto. Contrario sensu, y en el caso de la Comuna Trece de
Medellín, su comunidad en cambio le ha cumplido a su generación y al momento
histórico de la tragedia vivida, reivindicándola como una forma de seguir
adelante y proyectarse al futuro en medio del dolor.
Después de quince años de la Operación Orión, la
población de la Comuna Trece ha transformado su espacio urbano y cultural. Han
hecho de sus tragedias sociales, personales y familiares, un referente a nivel
internacional, a través de la construcción de un paisaje cultural riquísimo, que
trasciende de la Medellín urbana y se nutre con maravillosas expresiones artísticas
en la música del género urbano, en la que sus jóvenes narran sus vivencias de
comuna, de las artes plásticas y culturales vertidas sobre murales y grafitis que
hoy son sitios de visita obligada de turistas y viajeros de todo el mundo,
ávidos por conocer de primera mano la experiencia maravillosa de la gente de la
comuna trece.
Esfuerzos comunitarios como estos por la paz y
la convivencia, que son verdaderos laboratorios sociales y espacios de cultura,
por nacer de sus propios habitantes, con programas como NOCOPIO y Casas de las
Estrategias, https://casadelasestrategias.com/ merecen el mayor reconocimiento y apoyo gubernamental.
Hoy nuevamente la violencia y los homicidios
han aflorado de forma inusitada en la Comuna Trece y en todo Medellín, las
autoridades dan sus explicaciones, pero en el fondo la realidad es que el
narcotráfico, la criminalidad y el accionar de todas las formas de delincuencia
siguen ahí, y se surten para sus actos a través del financiamiento de cientos
de combos y bandas de delincuentes, que reclutan a los jóvenes de las comunas,
con lo cual, le imprimen al fenómeno delictivo un carácter de lucha territorial
con trascendencia al ámbito social, cultural y del plexo de valores con que hoy
se forman nuestros jóvenes, y que llega hasta el núcleo familiar, dificultando aún
más el efectivo accionar de las autoridades.
Será que, en Medellín, no llegamos a comprender
que la violencia y criminalidad imperantes, son un problema de sociedad que
debemos resolver entre todos, y al cual se ha llegado, entre otras razones, por
el exceso de codicia, lo hueco, vacío y falto de solidez que damos a los
propósitos de nuestras vidas. En no pensar solidariamente en los demás y no apoyar
a los más necesitados. Quizás, estás palabras, por ser lugares comunes y
retóricas, igual no merezcan reflexión alguna. Pero porqué esperar a que el dolor
y la tragedia toquen a nuestra puerta para concientizarnos?
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