Por:
Cèsar Augusto HernàndezOrtiz
He conocido jóvenes brillantes e inteligentes, y la verdad que me
descrestan. Exponen sus ideas con gran rapidez y a toda pregunta que se les hace,
responden casi instintivamente y con gran acierto y creatividad, incluso preguntas
que a mis años y con la experiencia de casi treinta años, me toma un tiempo
pensar para responder. Por eso, y sin egoísmo, les reconozco su precocidad de
pensamiento y me alegra que les vaya bien en el ejercicio de su profesión o en
el emprendimiento que desarrollen como empresarios.
También he conocido a otros muy jóvenes que, sin ser profesionales, tienen
la inteligencia para hacer grandes negocios y conseguir dinero con rapidez, lo
que les permite vivir holgadamente desde temprana edad, algo que yo no he
logrado en toda mi vida laboral. A todos ellos, y sin envidia alguna, va mi admiración.
Pero igual he conocido a muchas personas jóvenes también, que, siendo muy
inteligentes, y habiendo tenido la oportunidad de viajar por muchos lugares del
mundo, parecieran no haber asimilado algo que seguramente quienes han conocido
muchas culturas y países diversos habrán asimilado para sí, como es la madurez
y sabiduría para aceptar la diferencia de opinión entre las personas y reconocer
que la verdad es diversa, dependiendo la vivencia de cada uno. Al contrario, sólo
creen en su propia verdad y corren a descalificar a quien los contradice, dándolo
por desinformado o retrógrado, y la soberbia es su característica común.
Son jóvenes profesionales que suelen pomposamente autoproclamarse así mismos como
especialistas de cualquier disciplina o profesión, y en verdad que sí lo son,
pues una vez con su pregrado, corren inmediatamente por el cartón que les acredita como especialistas, pero
igualmente carecen de la experticia y especialización que, en el manejo de
cualquier disciplina, se obtiene por el transcurso de los años ejerciendo la
actividad profesional, recogiendo experiencia con cada año de vida, y sorteando
mil vicisitudes.
Ahora precisamente en Colombia y en algunas ciudades capitales, como Medellín,
estamos viviendo el boom del acceso de los jóvenes a los puestos de poder de la
administración pública, lo cual ha sido inducido en gran medida por la nueva ola
de alcaldes “jóvenes” o “antipolíticos”, también sin mayor experiencia, que
creen encontrar en sus primíparos pupilos la fuerza suficiente e innovadora
para transformar la ciudad. Pudiera ser así, si se tratara del tipo de los
primeros, pero me temo que son los segundos los que realmente priman dentro del
gabinete de nuestras administraciones públicas.
Mirando desde la barrera no queda más que reconocer al menos el ánimo de acertar
que los motiva, pero por sus acciones de pobre servicio a la ciudad, sus
interpelaciones llenas de trivialidades y lugares comunes y su poca capacidad de
trabajo en equipo, no podemos evitar que se nos escape un ligero soplo de
desaliento por el tiempo y recursos que se pierden para la ciudad.
Pero, siendo justos, es menester concluir que el verdadero responsable y culpable de los desaciertos
para la ciudad y la región, es de quien los elige.
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