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VOLVER A ANTIOQUIA LA GRANDE


Por:
César Augusto Hernández Ortiz

El sábado pasado que vi por internet la llegada del Presidente Duque al municipio de Amagá para presidir su sexto Taller comunitario “Construyendo País”, no pude menos que sobrecogerme de la emoción al ver el multitudinario recibo que miles de antioqueños le tributaron pletóricos de regionalismo y amor por la tierra. Me sorprendió gratamente ver al Presidente Duque entonando las notas marciales de nuestro himno antioqueño como un paisa más, y luego en su discurso de apertura, escucharle afirmar que se sentía orgulloso de estar en su tierra.

Sentí un gran orgullo de ser antioqueño, y soñé por un instante que se trataba de ANTIOQUIA LA GRANDE, aquella que forjaron nuestros antiguos en grandes gestas llevando nuestro espíritu aventurero, conquistador y colonizador hasta lejanas tierras del sur del país, creando poblados y sembrando la semilla del amor por el trabajo y la lucha por dominar las agrestes tierras y convertirlas en oportunidades para formar familias y hogares.

Se que hace muchos años perdimos el horizonte muchos antioqueños, pero no todos, quedan nuestros campesinos, que en su gran mayoría siguen conservando los valores que alguna vez nos hicieron grandes personas, como su espíritu de servicio, la humildad, su bondad y el amor por las cosas simples de la vida que son en realidad su mayor tesoro.

En ese encuentro comunitario de Amagá, que no por ser una pequeña provincia, se encuentra desprovista de grandes historias, hicieron presencia además del presidente, el expresidente Uribe con toda su corte, el Gobernador, ministros, funcionarios públicos de alto rango y los políticos, en su mayoría Congresistas del departamento, pero lo que yo pude apreciar, fue que la grandeza del acto derivaba exclusivamente de la presencia masiva de la comunidad. Ningún sentido tendría una reunión de sólo políticos, funcionarios o dirigentes para hablarse entre ellos mismos. Ahí no habría mayor valor y mucho menos legitimidad para hablar en nombre de una región llena de necesidades por resolver, se requería de la gente de la población para darle trascendencia a la presencia del Estado en el sitio.

Pero mucho me temo que muchos de los dirigentes políticos que allí se encontraban no entendían esta particular circunstancia, siempre preocupados por la mediatez y la figuración personal ante el presidente, los medios y la prensa, antes que ganarse el reconocimiento y respeto de la comunidad por su trabajo social y compromiso por la región.

Lo triste de todo, es que no se avizora un cambio de actitud, por el bien de Antioquia, que posibilite privilegiar a las personas por su capacidad y calidad de seres humanos para liderar las grandes transformaciones que demanda nuestro departamento y su población. Veo que sigue mandando la mala política, la de las clientelas, el amiguismo y los intereses personales, que solo buscan satisfacer los egos y las ambiciones de unos pocos, incluso, tristemente, tomando en ocasiones decisiones en contravía de los intereses superiores de la región.

Pero debo reconocer que de eso somos culpables también nosotros, que aceptamos ese estado de cosas malsanas y no tomamos la decisión de luchar contra ese statu quo de mediocridad a que se ha llevado a ANTIOQUIA. ¿Seremos tan pusilánimes para terminar envejeciendo y morir en medio de la pasividad?

Permitiremos que nuestra vida languidezca en medio de las historias contadas sobre lo grande que fue Antioquia, sin hacer nada para recuperar el legado. ¿Podré retirarme sin cargo de conciencia y sin sentir vergüenza de nuestros campesinos? Veremos…

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