Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Esta semana Colombia recibió una triste noticia
con la muerte del popular y querido actor y músico Héctor “El Chinche” Ulloa. Para
los que le conocimos a través de su programa de televisión “Don Chinche” y
disfrutamos cada noche de domingo con sus simpáticas interpretaciones de ese
albañil rústico y ordinario, que alardeaba siempre de una erudición y riqueza
de léxico, con la que sobrellevaba, sin perder el entusiasmo por la vida su calamitosa
situación económica y habitual carencia de trabajo, su partida nos afectó
bastante, porque el Chinche con su gracia, humor y filosofía simple de la vida supo
ganarse nuestro cariño y admiración.
Era todo un talento innato, incluso como
músico. Y lo admiré más cuando supe que fue quien compuso la linda canción “Cinco
Centavitos” que cantara e hiciera famosa el gran Julio Jaramillo.
Igualmente, el mundo de la balada romántica sufrió
una gran pérdida con la muerte esta semana del gran cantante francés de origen
armenio Charles Aznavour, todo un ícono romántico que acaparó el cariño y
admiración en todo el mundo a través de una extraordinaria carrera artística de
más de 70 años, pues cuando le sorprendió la muerte contaba con 94 años y
seguía cantando. Su historia se acrecienta más cuando se conoce que fue prohijado
en sus inicios por la otra leyenda francesa de la música Édith Piaf. Volver a
escuchar esta semana su timbre y dulzura de voz en “Venecia sin ti”, “Y por
tanto” o “La Bohemia”, me llenó de nostalgia.
Es ya notorio como a medida que avanzamos por la
vida y registramos la muerte de ídolos y personajes admirados que moldearon
nuestro espíritu y la forma de interrelacionarnos con las cosas, el mundo y las
personas, sentimos que también paulatinamente vamos perdiendo algo de nosotros.
Algo de soledad nos van dejando con sus partidas. Aunque vivieron una vida
plena y dejan su legado al mundo, la realidad es que ya no están con nosotros y
sólo pervivirán a través de quienes los vivimos, pues las nuevas generaciones
ya contarán con sus propios inspiradores de vida.
Casualmente hace unas semanas en que tuve la
oportunidad de visitar a mi padre, quien ya cuenta con más de 90 años y aunque
aún lúcido de pensamiento, lo maltrecho de su cuerpo agotado por los años y
la pérdida de la salud, le tienen sumido quizás en la depresión continua, de la
cual no logro sustraerle al tratar de motivarle en salir a visitar lugares de
antaño, su respuesta es tan lapidaria como lacónica: “Ya no tengo mijo a quien
visitar, todos mis conocidos han muerto ya”.
En realidad, cada día de nuestras vidas debemos
trabajar por encontrar nuevas cosas y personas que amar, a fin de mitigar en
algo la soledad y tristeza que nos dejan las que paulatinamente vamos perdiendo.
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