Por:
César Augusto Hernandez Ortiz
Ingeniero Civil
A pesar que he sido bastante crítico de las
posiciones sesgadas que caracterizan al Expresidente Uribe sobre los temas de
la paz en Colombia, si he procurado mantener distancia de quienes lo atacan por
sus posturas frente al Acuerdo de Paz con las Farc y la Justicia Especial para la
Paz -JEP, en parte, porque muchos de esos ataques provienen de políticos enemigos, quienes presumiendo de una supuesta defensa por la paz, en el fondo lo que destilan
es el odio escondido que les ha merecido Uribe desde siempre.
Incluso, parte de mi tolerancia a las ráfagas de
diatribas con que a diario sale Uribe contra todo lo que vaya en favor del
manifiesto deseo que hoy tenemos todos en Colombia de querer pasar la página de
la violencia y empezar a vivir por fin una mínima tranquilidad, obedece a que también
considero que haber logrado desmovilizar a las Farc, en parte se debió al éxito
de su política de seguridad democrática, que diezmó militarmente a la guerrilla
y casi la obligó a sentarse a negociar su desmovilización con el Estado.
Pero debo confesar que francamente ya empiezo a
experimentar un cansancio del expresidente Uribe, después de escucharle esta semana
salir con las propuestas más absurdas respecto a la JEP, y pidiendo que
desconozcamos el acuerdo de paz y eliminemos este tribunal de justicia especial
para la paz. Todo un expresidente pidiendo que el Estado incumpla lo pactado. ¿Qué
garantía por la seguridad jurídica en Colombia ofreceremos al mundo entero?
Escuchándole hablar así, no veo al expresidente
que aconseja a su país en beneficio del interés general de la patria, sino que
veo a un actor más del conflicto buscando hasta último momento derrotar a sus
enemigos. Incluso, ni se pone en remilgos para presionar al Presidente Duque, su
primogénito político, para que este objete la ley estatutaria de la JEP.
Basta sólo examinar las aclaraciones razonadas que
diversos juristas han hecho sobre los siete cuestionamientos respecto a los
delitos que según Uribe quedarían impunes con la JEP, para terminar concluyendo
que el expresidente no duda en acudir incluso a las más fantásticas falacias para sustentar sus
fines políticos.
Y nada más deplorable de todo este panorama de
irracionalidad que vivimos, que ver a notables senadores del Centro
Democrático, colocar avisos en vallas publicitarias en Medellín, reafirmando la
ceguera mental de su líder y declarando con frenesí “Somos los de Uribe”.
No creí nunca que pudiéramos llegar a tal grado
de paranoia política. Una enfermedad del culto al ego y la superioridad excluyente que se expande
como una pandemia, a punto que son los amos y señores del poder político en
Antioquia, Medellín y todo Colombia. Aunque algunos quisiéramos tener voz, difícilmente permitirán
siquiera que vislumbre en el horizonte una mínima voz en contrario, que pueda ofrecerle a Antioquia y Medellín, pensando en las próximas elecciones
territoriales venideras, un hálito por el consenso social.
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