Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Cuando el régimen chavista puso a Nicolás
Maduro en la Presidencia de Venezuela, fueron muchas las acusaciones de opositores
que denunciaban la ilegalidad de la elección y posesión de Maduro, argumentado
que no era natural de Venezuela, y que había pruebas que demostraban que era
hijo de una colombiana y había nacido en Cúcuta, por lo que la Constitución le prohibía
expresamente ejercer como presidente. Ante las evidencias que se hicieron
públicas, no era descabellado pensar que las denuncias pudieran ser ciertas, y
que sólo por la necesidad de cumplir con el mandato de Chaves moribundo y
mantener su régimen en el poder, Maduro no se cayó.
Yo pensaba que incluso tal situación, de ser cierta,
podría antes derivar en algo benéfico para la integración de ambas naciones,
por aquello de que muy en el interior de una persona siempre permanece innato
el amor por su país natal, sin embargo, pocos meses fueron suficientes para demostrarme
que eso no sería nunca posible, y producto de la virulencia y enfrentamiento
entre los gobiernos de Bogotá y Caracas, muy rápidamente lo que afloró en
Maduro fue un odio por Colombia.
Traigo a colación este suceso, porque
independiente de que las personas no siempre hacen eco de los odios entre sus dirigentes
políticos, si era muy posible que muchos de los cientos de venezolanos que acompañados
de sus mujeres y niños decidieron migrar hacia Colombia, huyendo del régimen
autoritario de su país, meditaran sobre la hostilidad con que posiblemente
pudieran ser recibidos en Colombia. Quizás en últimas pesó más la necesidad extrema
en su decisión, o la confianza en que al compartir culturas similares los
colombianos les ofreceríamos un trato digno y hospitalario.
El caso por ejemplo de los venezolanos que han
llegado a Medellín, me parece realmente dramático. Desconozco la forma como hayan
podido resolver aspectos tan neurálgicos como el hospedaje y la alimentación,
en una ciudad como Medellín, que incluso para los que somos de aquí y contamos
con un empleo estable, se nos torna difícil y excluyente, a mas de peligrosa
por la violencia que emana de su inframundo del crimen, y que de seguro a
quienes llegan de afuera buscando acomodo y abrigo les golpea de frente, como
ocurrió en días pasados con el asesinato de dos ciudadanos venezolanos por las
bandas criminales que se disputan los territorios en la Comuna trece.
En mi caso particular, quisiera poder ofrecerles
más solidaridad y apoyo que la de simplemente colaborarles esporádicamente con
la compra de algún artículo, de los muchos que a menudo amablemente nos ofrecen
en la calle. Pero como dije, también nosotros hacemos parte, aunque con muchas
ventajas a favor, de esa gran cantidad de personas que a diario luchan para que
la ciudad no los trague, una ciudad que, así como es de hermosa también lo es
de despiadada con quien no cuenta con un peso en el bolsillo.
Me da vergüenza que deban padecer tal abandono
y desprotección, y que aparte de ello, se les someta a la xenofobia por parte de
criminales y de no pocas personas que se dicen de bien. Algo debe hacerse por
las autoridades para procurarles un mejor estar. No puede ser posible que Venezuela
y Colombia, compartiendo un territorio con paisajes y ciudades tan similares, conlleve
para los que cruzan de un lugar a otro, una experiencia lo mismo que pasar del
cielo al infierno. Sólo que en este caso, el infierno no es precisamente Venezuela.
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