Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Pido que luchemos todos por ser legítimos con nosotros mismos, ciertos,
genuinos y verdaderos con nuestra propia vida. De que me suplo conquistar
triunfos y victorias, si en mi interior sé que utilicé ventajas que otros no
tuvieron. Como comparar mis logros con los de otros, sí sé que los míos se
obtuvieron mediante atajos y corrupción. Como sentirme feliz así. Son ocasiones
en la vida en que perdemos el camino, y equívocamente creemos encontrar la
felicidad en el éxito, el dinero, la fama o el poder. Pero bien nos damos
cuenta después, que eso no nos llena como persona.
Tampoco podrá haber felicidad interior, si de la lucha por triunfar dejamos
contradictores regados en el camino, aplastados por nuestra marcha avasallante.
Tampoco habrá felicidad si sometemos a los demás por su impotencia o debilidad,
haciendo que se rindan ante quien tiene poder o valimiento. Exhorto por tanto a
no sentir felicidad cada que triunfe nuestra opinión o bandera política, si tras de ellas dejamos personas humildes y pobres en la calle. Exhorto a que nuestros
corazones experimenten en el momento del triunfo, la desgracia que puede sentir
el corazón del derrotado.
Convenzámonos de una vez por todas, que, tras décadas de conflicto en
Colombia, lo único recogido de confrontaciones, muertes y violencia, son millares
de colombianos afligidos que sufren por igual de abandono y necesidad, sin
poder encontrarse como hermanos por la guerra política que nos enfrenta,
propiciada por los pocos que encuentran en la polarización de la patria, la
estrategia para satisfacer sus intereses personales.
En esta atribulada semana vivida por Colombia, en que los sueños de paz
sufren un revés, quiero recordarles a unos y otros, pero particularmente a
quienes fungen orgullosos como puntas de lanza de la infame gesta de dividir la
Patria, so pretexto de proteger bienes jurídicos difusos, que contrario a lo
que propalan, distinguir el bien del mal, lo que dejan de lado y lado son tanto justos como pecadores, gente buena y
gente mala, humildes y soberbios, pero lo más triste, obreros, campesinos, mujeres
y niños, en una palabra, compatriotas, colombianos que pierden la confianza y esperanza de un
futuro mejor, y, siendo así el triste resultado de sus actos, en vano lograrán ostentar como triunfo de sus causas, lo que en el fondo resulta una victoria pírrica para sus intereses, y sí una tragedia para Colombia.
Como dije, son victorias que no brindan felicidad a sus propulsores, por la
perfidia que motivan sus acciones, llevándonos de nuevo a los campos de la guerra y de la
muerte.
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