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CASO AÍDA MERLANO TAMBIÉN AVERGÜENZA LAS INSTITUCIONES


Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Ingeniero Civil

El caso de Aída Merlano no destapó ninguna ‘olla podrida’ ni menos la existencia de una compleja red de alta criminalidad electoral, como afirman la Fiscalía y la Procuraduría, porque en Colombia ya es una costumbre inveterada la compra de votos masiva en los lugares más recónditos del país, pero también en las ciudades más importantes. No hay elecciones en que no se hagan denuncias de delitos electorales que como siempre terminan en la impunidad, en parte, porque el trabajo de los organismos de justicia es casi nulo y el del Consejo Nacional Electoral peor, además de politiquero.

Por lo que he podido inferir de las noticias publicadas en los medios de comunicación, el delito en que incurrió Aída Merlano consistió en Corrupción al sufragante, cuya pena establecida en nuestro sistema penal es de 4 a 8 años de prisión y multa de $156 millones hasta $781 millones. Comete este punible el que celebre contrato, prometa, pague o entregue dinero, dádiva u ofrezca beneficios a un votante para que vote por un determinado candidato, voto en blanco o se abstenga de hacerlo. Por eso no entiendo su excesiva y desproporcionada condena a 15 años de cárcel.

Por siempre he escuchado la estereotipada frase de que “Hay que proteger las instituciones”, pero ¿qué pasa cuando son las mismas instituciones, por virtud de actos arbitrarios y aplicación selectiva de la ley por sus funcionarios, las que se deslegitiman y cometen arbitrariedades? Pues, que la consecuencia por dichos actos es la desinstitucionalización misma de esas ramas del poder y la pérdida del respeto y la confianza de los ciudadanos. Ese es el escenario al que nos están llevando organismos como la Fiscalía y la Corte Suprema de Justicia.

Si es la Constitución de Colombia la piedra bascular en que se cimienta todo el régimen político de la República, entendido como el sistema que posibilita establecer y regular el funcionamiento de las ramas del poder y todo el conjunto de instituciones y leyes que permiten la organización del Estado y el ejercicio del poder, y la forma en la cual las autoridades deben hacer uso de sus facultades, cómo puede la Fiscalía o la Corte misma pasar por encima de los derechos humanos de las personas?.

Cómo pueden ser las instituciones tan manifiestamente demostrativas de estar poseídas de perversiones humanas tan bajas como el ánimo de venganza y el revanchismo, del odio y la persecución a los desvalidos. ¿Por qué ir contra una joven niña indefensa, quien por su madre todo lo daría, inclusive su vida misma, con todo el peso de ente persecutor de la acción penal, en una malsana voluntad de dominación y feroz persecución? mientras en tanto, los indígenas del Cauca asisten al horror del asesinato de sus líderes, sin que los mismos organismos hagan nada por neutralizar a sus asesinos, esos sí, criminales "pura sangre".  

Hay quienes creen que un régimen político puede corromperse y derivar en algo diferente, aun cuando mantenga sus instituciones y sus formas. Nuestra democracia, en este sentido, podría derivar en demagogia, si cortes y fiscalía no paran esta justicia espectáculo a que nos están acostumbrando a los colombianos.

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