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QUIÉN LLORA POR EL ASESINATO DE UNA JOVEN INDÍGENA Y SU PADRE?

 Por:

César Augusto Hernández Ortiz

Columnista Independiente

Continúa el asesinato de indígenas en el Departamento del Cauca. En esta ocasión, le tocó al coordinador de salud del resguardo de Totoró, Oliverio Conejo Sánchez, y a su hija Emely Jaquelín Conejo, estudiante de cuarto semestre de trabajo social. Que dolor siento. Y digo les tocó, porque se que mañana o pasado mañana, tristemente les tocará a otros. No veo que el Estado Colombiano, que está instituido para proteger la vida de las personas, pueda hacer algo para evitar estas masacres. A esto hemos llegado. Y en el caso particular de los indígenas, no encuentro explicación alguna para tantos asesinatos.

Han sido reiterativas las denuncias hechas por el Consejo Regional Indígena del Cauca, Cric, de la presencia de grupos armados en zonas del oriente del Cauca, por lo que encuentro hasta ofensivo que funcionarios judiciales afirmen, que los móviles de algunos asesinatos y masacres correspondan a una disputa por el control de tráfico de estupefacientes.

Lo cierto es que, no obstante encontrarse consagrado tanto en el derecho internacional como en nuestra Constitución Política la protección de sujetos de especial protección, entre ellos las minorías, definidas como grupos numéricamente inferior al resto de la población de un Estado, en situación no dominante, cuyos miembros, súbditos de un Estado, poseen desde el punto de vista étnico, religioso o lingüístico una característica que difiere de las del resto de la población, y en dichas normas se manifiesta incluso, de modo implícito, un sentimiento de solidaridad con objeto de conservar su cultura, sus tradiciones, su religión o su idioma, y particularmente sus vidas, en Colombia esto ha sido “letra muerta”, y por el contrario, pareciera que existiera un desprecio por la vida de los indígenas.

Toda muerte por asesinato resulta despreciable, sea en el contexto que sea, y por los actores que sean, incluso estatales como las ocurridas esta semana en medio de los disturbios ciudadanos en Bogotá. Pero no es menos reprochable la insolidaridad ciudadana que se percibe  ante la muerte de una joven indígena al lado de su padre, que no suscita siquiera una mínima marcha de protesta del resto de la población “blanca” del país.

Esta claro que sólo los indígenas lloran a sus muertos, que con absoluta seguridad son asesinados por individuos abyectos, personajes macabros motivados tan solo por la ambición y la enfermedad por la riqueza material y el deseo de arrebatar el territorio a los indígenas. Pero sin duda alguna, sus criminales actuaciones se ven propiciadas por el abandono a que el Estado tiene sometida esta región, y a los vergonzantes niveles de impunidad que registra la justicia al momento de castigar a los responsables del sistemático exterminio a que se tiene sometida esta población vulnerable de nuestra patria.

Presidente Duque, algo hay que hacer …


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