Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Opinador Independiente
Hoy se ha informado la triste
noticia de la muerte del dirigente liberal Horacio Serpa Uribe, hombre de amplia
y prolífica trayectoria pública como el que más, todo un legado de vida
política como funcionario público de alto nivel, senador, ministro y
excandidato a la presidencia de la república por tres ocasiones. Se le
recordará con mayor énfasis por haber sido uno de los copresidentes de la
Asamblea Nacional Constituyente de 1991, en la que desempeñó un rol protagónico
para la promulgación de la actual Constitución Política de Colombia, caracterizada
por su hondo contenido democrático y sustento de nuestro actual Estado Social
de Derecho.
Sin embargo, como todo en la vida
no es color de rosa, le tocó así mismo vivir uno de los mayores escándalos
políticos de la historia del país, debido a las denuncias de infiltración de
dineros del narcotráfico en la campaña que llevó a la presidencia a Ernesto
Samper Pizano, campaña de la cual él hizo parte protagónica, circunstancias que lo
llevarían a convertirse en el escudero único del gobierno de entonces, y defensor
de la institucionalidad del país, hoy lo veo así, ante la inminente hecatombe
política y jurídica que parecía venírsele encima, pero que finalmente no se dio,
en gran parte por su sacrificio y la defensa beligerante que emprendió, la misma
que con el pasar de los años, le pasarían factura impidiéndole llegar a la
Presidencia.
Es por esto por lo que, la partida
de Horacio Serpa me anima escribir estas palabras, ya que no quisiera que dada
la atracción enfermiza que se tiene en el país de alegrarse por el sufrimiento
ajeno, de sacar provecho de lo dañino y a vivir de lo mediático, se quiera
menoscabar la memoria de alguien que tuvo grandeza como político, pero más como
persona. Acostumbrados como estamos en Colombia, a que, dependiendo de los
propios intereses políticos y personales que se persigan, se reparten honores
inmerecidos o se vitupera la memoria de alguien, hemos tristemente construido la
historia de un país, en la que no siempre los hechos narrados corresponden con
la realidad, y menos aún con la verdad y la justicia que debe emanar de una sociedad.
Particularmente, y en lo
personal, Horacio Serpa nos deja, en mi humilde opinión de simple observador a
la distancia, un gran respeto y admiración por unos valores políticos que con
su partida se dan por extintos, ante la pobreza ideológica y moral de la actual
dirigencia del Partido Liberal. Pero también esta pobreza se da en el ejercicio
en sí de la política actual en general, en la que no pocos dirigentes encuentran
justificado que al poder se llegue de cualquier manera, soslayando principios tutelares
que más que de política, responden al comportamiento ético de las personas, y
van vagando sin la coherencia, consistencia, identidad ideológica y lealtad que
una sociedad como la nuestra, necesitada de valores que marquen el rumbo, reclama.
El político triunfador no es
siempre aquel que llega al poder, debemos
entender de una vez el daño que nos ha traído el caudillismo, la ambición y la
corrupción como ejercicio de la política, reconocer la importancia de trabajar
en colectivo por la transformación de la sociedad y promover el liderazgo, y esto
lo debemos hacer cada uno de nosotros durante toda nuestra vida, desarrollando un
comportamiento ético en nosotros mismos, que transforme con el ejemplo. Dentro
de lo cual se incluye, porque no, trabajar en los cambios personales que se
exijan para corregir nuestros propios errores y aprender a servir a los demás.
Aun cuando políticos como Horacio
Serpa y Álvaro Gómez Hurtado no pudieron llegar a la Presidencia, muchos
colombianos sentimos que la que perdió fue la Patria, por lo que sería un gran desperdicio
para la sociedad, que también las futuras generaciones crecieran con la idea de
una historia mal contada por actores que, aunque triunfadores en la política,
promueven la confrontación y la satanización de sus opositores, y mediante antivalores y eufemismos moralistas se arrogan legitimidad para construir la política del futuro.
¡ADIOS HORACIO SERPA ¡
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