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NUESTRO PROBLEMA NO ES LA PANDEMIA, SOMOS NOSOTROS

 Por:

César Augusto Hernández Ortiz


Es una realidad que la mayoría de las personas soñamos con alcanzar la felicidad algún día, y ese sueño quizás lo visualizamos con nuestras vidas disfrutando en medio del desarrollo colectivo, de la abundancia económica, las amistades, el amor, la familia, la prosperidad y el reconocimiento público. No obstante, hay personas que nos enseñan con el ejemplo de sus vidas que la felicidad se puede conseguir en medio de cosas mucho más simples, y lo han logrado, porque han sabido trabajar por alcanzar la virtud y la satisfacción que les proporciona servir al prójimo y valorar a los demás, han aprendido a desarrollar la solidaridad cómo su hábito de vida. El gran tesoro de estas personas es la humildad.

Pero infortunadamente la humildad es muy escasa y difícil de conseguir en las personas, es como el oro, un metal precioso con propiedades físicas muy especiales, baja alterabilidad, muy maleable, dúctil y brillante, un metal raro y difícil de encontrar en la naturaleza. Estas personas que gozan del tesoro de la humildad y cuentan con riqueza del alma, no son empero, las que nuestra sociedad actual valora. Lo cual resulta finalmente en una gran pérdida y tragedia para la misma humanidad, que se priva de quienes pueden construir valores y marcar el rumbo hacia una convivencia pacífica en que aprendamos a ser mejores personas.

La soberbia, ambiciones y el egocentrismo con que vamos por la vida no nos permite aprender de estos seres especiales, que permanecen invisibilizados, como la veta o filón del oro que permanece oculto en la profundidad de la tierra. A cuántas personas a diario vemos en su ambiente de trabajo sometidas a la arbitrariedad y tratos injustos de sus superiores simplemente por envidia, celos y las ansias de protagonismo. Incluso, se le relega al desempeño de tareas vanas a sabiendas de que disponen de mejor talento para dar valor agregado a la institución.

No resulta difícil comprender la causa de la mediocridad y poco avance de nuestras instituciones, llenas de funcionarios que poco conocen de trabajar en equipo y cómo sacar los mejores talentos de sus empleados para ponerlos al servicio de la función administrativa. Si a ello se suma la politiquería con que manejan los destinos de las entidades que dirigen, y la equivocada conducta de no propiciar consensos plurales como método para tomar las mejores decisiones, no veo factible poder optimizar y hacer eficiente la ejecución de los escasos recursos públicos que se tienen para la inversión pública.

Es este comportamiento patológico de nuestra gente la gran diferencia con otras culturas que hacen de los grandes problemas las oportunidades para transformar sus proyectos de vida. Por ello me temo que es una equivocación que se diga que la pandemia que afectó a todo el mundo, lo haya hecho por igual a todos. Algunas sociedades saldrán fortalecidas de esta tragedia, mientras que otras, como tristemente la nuestra, estaremos yendo hacia un retroceso de al menos una década en nuestro desarrollo, si no nos despojamos del egoísmo y aprendemos a ser humildes, y sobre todo, ser solidarios.


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