Por:
César Augusto Hernández Ortiz
Estos últimos días en las noches, en medio de la necesidad de trabajar hasta tarde en el computador, buscando despejar un poco la mente de tantas lecturas pesadas y del cansancio de escribir tediosos informes técnicos, me he dejado "distraer" algunos minutos observando algún vídeo que me llega a la red social, en el que se muestran las escenas terribles de ataques entre ciertos animales salvajes, dentro del hábitat natural que les toca compartir en las extensas y desérticas sabanas del continente africano.
Y en verdad, que aparte de lo impactante
que resultan ciertos episodios, la realidad es que estos enfrentamientos constituyen
el día a día de la vida de los animales salvajes, y aunque son muchos los
animales que perecen por cuenta de lo que llaman la cadena alimenticia, resulta
paradójico que en medio de un ambiente que entraña tal riesgo para la
vida de todos los animales en general, pueda darse de forma simultánea una relativa “convivencia”
entre especies herbívoras y carnívoras a la vez, sin que represente una amenaza para su supervivencia, o para su eventual extinción, que alguna especie en particular, por su fragilidad y vulnerabilidad, comparta el hábitat de su depredador natural que le acecha a cada momento de su vida, como sí la constituye en cambio la acción devastadora del hombre al paisaje natural y sus especies.
Esta observación del
comportamiento de ciertos animales me hizo corregir ciertas apreciaciones
erróneas que tenía, como la de pensar que un animal feroz sólo mataba para
alimentarse o cuando tiene hambre, pues vi que también lo hacen para defender un
territorio que consideran propio. También observé, por ejemplo, que no es del
todo cierto que el león sea la fiera más poderosa, pues todo depende del
contexto y las circunstancias en que se encuentre en un momento determinado. En
realidad, lo que pude apreciar es que varios son los animales mas letales
cuando se encuentran en su medio natural.
Es así como dentro de algún pantano
o estanque de agua, de los pocos que ya quedan en medio de las estériles sabanas
africanas, y a los que por necesidad del vital líquido todos los animales
sin distinción deben acudir, nadie es más mortífero que el cocodrilo. Este, con
una astucia inusitada, se acerca hasta su víctima que no se percata de su presencia escondido bajo el agua pantanosa, y en segundos, emerge de esta, le agarra y arrastra introduciéndole al fondo del estanque, matándola primero por
ahogamiento que por destripamiento con sus poderosas mandíbulas y colmillos. De esta suerte, ni el
león se escapa en múltiples ocasiones ante estos.
Así mismo, las hienas o perros
salvajes, que siempre atacan en manadas, resultan los mas voraces y agresivos
en su medio natural como son las amplias sabanas en las que difícilmente su
presa puede escapar ante su rapidez y voracidad carnívora. Se diferencian de
leones y leopardos en que no necesitan matar a su presa para comérsela, y se la
devoran aun estando viva, arrancando las partes blandas de su cuerpo con sus fuertes
y filosos dientes. Mientras que el león, en cambio, ataca al cuello de su víctima
y con la fuerte mandíbula y colmillos la mantiene aprisionada hasta que muere
por asfixia o desangrada.
Todo este cuento que traigo, lo
quise ejemplarizar para hacer notar que no obstante la destreza, astucia,
voracidad de todas estas especies animales, o si se quiere, la inteligencia de
todos ellas para sobrevivir en medio de inhóspitos parajes, no escapan de ser
una víctima más, de la acción devastadora de una especie aún más destructora, la que si, los está llevando a su extinción: el hombre.
Pero lo absurdo de este cuento,
es que el hombre, aun dotado de inteligencia y raciocinio, atributos estos que
mínimamente le deberían generar consciencia por la protección de la vida humana, no le impiden asesinarse mutuamente los unos a los otros, contrario a lo que si hacen
los animales, que venciendo incluso en ocasiones el gen instintivo heredado de millones
de años de evolución, por el que ciertas especies débiles experimentan un
pánico natural frente a sus depredadores naturales, haciéndoles huir ante su presencia, no dudan enfrentarlos y sacrificar sus propias
vidas, de ser necesario, para proteger la de sus congéneres.
Es tal la capacidad de autodestrucción del hombre, que según estudios realizados, de
todas las especies vivas de la naturaleza, no es ningún animal salvaje con su alta letalidad, el que más muertes humanas ha causado. Me creerán quizás que después del zancudo, cuya picadura ha causado a través de la historia múltiples enfermedades con altas estadísticas de muertes humanas, le sigue en mortandad el hombre mismo,
como el causante de mayores muertes de seres humanos, ya sea por asesinatos, guerras,
etc.
Resulta comprensible que los países del mundo se
encuentran en la actualidad alarmados por las cifras de muertes que día a día
registra la pandemia del virus Covid-19 en todas partes, pero siendo francos,
aún distan mucho de las cifras de muertes humanas ejecutadas por el mismo
hombre. Lo cual nos demuestra, que aun dotados de inteligencia, no hemos podido
alcanzar a través de nuestros miles de años de vida civilizada, una real consciencia respecto a cuál debe ser el propósito de la
presencia del hombre en el mundo. Cuál debe ser su interacción con los demás
seres vivos, y, sobre todo, comprender que lo peor que puede dejarse proliferar al interior de nosotros como especie humana, es un síndrome de tolerancia a ver las muertes
masivas de seres humanos, sea por acción u omisión de nosotros mismos, como parte
del paisaje natural, que como dije, ni siquiera los animales se resignan a aceptar.
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