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MI CARTA A LOS JÓVENES MANIFESTANTES DE COLOMBIA

 Por:

César Augusto Hernández Ortiz

Toda sociedad que aspire proyectarse hacia adelante como una expresión digna de consenso social, que propenda por la equidad, la defensa de la verdad y el acceso a la justicia para todos sus miembros por igual, debe definir unas reglas claras de normas y principios básicos que sustenten y permitan el desarrollo de estas premisas, e incluir, además, las reglas y procedimientos de cómo resolver pacíficamente los conflictos que surjan entre los miembros y grupos sociales que formen parte de esa comunidad.

Desafortunadamente en Colombia, ese pacto social de convivencia y justicia social, consagrado en la Constitución Política, contrario al bienestar que se esperaba diera a la población con su aplicación, lo que ha hecho es acumular por décadas una serie de desajustes que hoy se plasman en los graves problemas de pobreza, desempleo, injusticia y falta de oportunidades de educación y acceso a la salud para la gran mayoría de su población, lo cual, pone de presente el fracaso de quienes a nombre del Estado han tenido la tarea de su efectivización, que no son otros distintos que quienes en representación de los partidos políticos tradicionales, han ostentado el poder de la administración pública y de los distintos órganos del poder.

Es por ello por lo que, ante el incumplimiento consuetudinario del pacto social, se legitima en cierta forma las distintas formas de protesta social a la que se han visto obligados acudir los distintos grupos sociales excluidos de la acción estatal, y particularmente los jóvenes, quienes se resisten con justa razón a tener un futuro infeliz, en el que no se vislumbran verdaderas posibilidades de que los males endémicos que padece nuestra sociedad tengan solución, y menos aún, ante la falta de voluntad y compromiso para buscar salidas efectivas, por parte de una clase dirigente carcomida por la corrupción.

Ahora bien, los justos reclamos de los derechos no pueden llevarnos a cometer actos violentos en los cuales se atente contra las personas, porque el respeto por la vida es la primera regla de organización comunitaria civilizada. Y en ese espiral de violencia que se ha dado en Colombia en los últimos diez días de protestas, marchas y paro, lo que se ha visto es que han servido de caldo de cultivo para dar origen a una espiral de violencia, muertes y actos criminales, que hoy registran más de 37 muertos, cientos de personas heridas entre miembros de manifestantes y de las fuerzas del orden, e incontables pérdidas económicas al país y a los distintos sectores productivos y comerciales.

Los jóvenes de las protestas deben entender que el enemigo no es el policía, y con ello no se deja de condenar los atropellos cometidos por algunos de estos que distorsionan su misión, y por ello no es enfrentándolos el camino para reivindicar sus derechos, como tampoco resulta conveniente que por no medir bien los límites de la protesta, se dejen llegar otros actores violentos a manipular su causa, vándalos que si buscan la destrucción y causar daño en los bienes públicos y de los comerciantes pobres. El foco de la protesta mas bien parecería mejor dirigirse a exigir acciones contra la politiquería, contra los dirigentes corruptos que los privaron de los recursos del Estado y muchos gobiernos incompetentes, cuyos dirigentes no se circunscriben sólo a los actuales, y que obviamente, como suele ocurrir, no se encuentran en medio de la reyerta en las calles afrontando las protestas ahora, sino que con certeza estarán en sus mansiones o espacios de seguridad, viendo por televisión las noticias sobre lo que sus malas actuaciones causaron, sin sentir remordimiento alguno.

Pensaría que sería mucho más sensato propiciar el diálogo con el Gobierno Nacional, que pudiera conducir a soluciones concretas a muchos de los problemas que hoy se padecen, y eso sí, que expulsando fuera de la organización a quienes quieren aprovecharse del movimiento juvenil para entronizar formas violentas de lucha,  se mantenga la organización para que en las próximas elecciones, puedan determinar los cambios que nuestra sociedad precisa en cuanto a su dirigencia cuestionada, a través, como debe ser, de otra de las reglas de organización comunitaria a que aludía arriba, como es el libre ejercicio del voto de los ciudadanos.

 

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