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DEJEMOS QUE EL PRESIDENTE TRABAJE

 Por:

César Augusto Hernández Ortiz

En estas épocas de duras discusiones políticas en Colombia, en que el presidente, los líderes de la oposición, la prensa y demás medios de información se combaten desde cualquier parte y, por desgracia, de cualquier manera, inculpándose de toda clase de frivolidades, mismas que encuentran eco en sus seguidores y aumentan los niveles de confrontación y violencia en el país, conviene dedicar un espacio para la retrospección.

Vemos como preconizando un “apartheid” ideológico se confrontan esquinas políticas opuestas por parte de actores con intereses personales, que bajo el eufemismo de la amenaza de irrupción del comunismo en Colombia, han alimentado una guerra santa entre derechistas y comunistas, manteniendo un conflicto por años fruto de la intolerancia, las ansias de dominación y opresión de unos grupos por otros, desde los mismos inicios de nuestra vida como república independiente.

Este conflicto que, si bien en sus principios tuvo una causa política surgida de la violencia bipartidista, hoy ya no la tiene, y contrario a lo que pareciera, tampoco surge de las tensiones por la introducción del modelo neoliberal o socialista de la economía, sino que en el trasfondo del conflicto, lo que subsiste es la vieja pugna por mantener un estado de cosas inequitativas y de privilegios que por décadas se ha mantenido inmodificable en un país tan excluyente como Colombia, empezando por la tenencia y distribución de la tierra.

Quizás por ser Colombia un país multiétnico y multicultural, en gran medida con un alto nivel de pobreza y desintegración territorial y un pobre vínculo urbano – rural es que en sus más de 200 años de vida soberana no ha logrado consolidar un verdadero concepto de país – nación, y siempre su población termina siendo presa del populismo y el clientelismo al momento de elegir a sus mandatarios.

Con preocupación hemos visto como en los últimos años el país ha quedado fragmentado, en medio de la polarización que los políticos han querido cimentar entre derecha e izquierda, auspiciados por las élites que han ejercido un poder hegemónico por años, en su afán por preservar sus riquezas lo que ha conllevado un aumento de los niveles de violencia política en Colombia.

Si miráramos de manera desprevenida y sin satanizar perse al primer gobierno de izquierda que ha tenido Colombia, en cabeza de Gustavo Petro, podríamos llegar a considerar que bien podría ser de beneficio para el país y sus gentes, que llegue un gobierno a implementar cambios estructurales que busquen mejorar las condiciones sociales y económicas de sus gentes.

Todo es cuestión de tener tolerancia por la diferencia, y dar el tiempo prudencial para que otras visiones del manejo de la política, la economía y el Estado puedan mostrar sus propias ejecutorias.

La democracia posibilita eso, y también otros merecen su oportunidad.

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