Por:
César A. Hernández Ortiz
Mientras en el corazón de los políticos no
tenga anido la compasión, ese sentimiento de tristeza que se presenta al ver
padecer al oponente por una desgracia personal o familiar, no podremos esperar que
la política sea el instrumento para transformar los males de nuestra sociedad. La
desgracia y el dolor no pueden tener filtro político, y se esperaría que ante
su proveniencia, todas las confrontaciones cesaran y dieran lugar a la
solidaridad por el que cae o sufre.
No espero que de un momento a otro los enemigos
que por política se enfrentan con ferocidad, ante la calamidad de su contrincante
se transformen en amigos. Que el uno se sienta impulsado a aliviar el dolor o
sufrimiento del otro, a remediarlo o a evitarlo. Pero si aspirara que cese al menos
por un tiempo la confrontación y los ataques personales.
Tampoco hay recibo para la hipocresía. Hoy el presidente
de Colombia vive un difícil momento por un drama familiar, que como él mismo lo
dijo, le produce enorme tristeza. Qué padre no sufre ante la desgracia de un hijo?
Sin embargo, he visto que no cesan los ataques por parte de algunos de sus
opositores políticos. Hurgan en la herida y le piden que asuma
responsabilidades políticas por la desgracia de su hijo. El jefe de la
oposición, en su característico comportamiento banal, solo atina a decir: “A
mi nunca me enseñaron a alegrarme del dolor ajeno”. No es lo que a uno le
enseñen los mayores, es lo que mi corazón me dicte. Claro, si se tiene algo de
humanidad.
En Colombia todos sabemos que los corruptos no
lo son sólo los que la justicia logra visibilizar y procesar. Lo son muchos que
fueron premiados en su momento por la impunidad de nuestro sistema de justicia,
o porque sin pudor alguno fueron protegidos y liberados de sus fechorías por el
mismo statu quo, o gracias al poder de un familiar, padre o amigos. Pero a alguien
que ha estado toda su vida en medio de la confrontación contra el sistema
mismo, y hoy como presidente tiene todas las miradas encima a ver qué paso en falso
da para caerle encima, quién le puede asegurar las mínimas garantías para su
familia, acaso el mismo Fiscal, quién se ha declarado como su más enconado
rival y opositor.
Pobre país Colombia, que si a estos infaustos
sucesos somete a sus más altos dignatarios, qué podrá decirse de la triste suerte
que a diario corren sus millones de desventurados. A ellos sólo les queda
llorar a solas sus propias tragedias y muertes. Se que mucha gente en Colombia
es buena y trabajadora, y con cierta razón dirán que el que peca debe pagar por
su culpa. Pero un poco de compasión no les resta nada.
Habrá también los indiferentes, que como en el viejo
circo romano dirán: ¡Muerte en la arena, que la vida del esclavo no va conmigo¡,
y que siga la Feria de las Flores que está muy buena.
P.D.: Tengamos compasión por los menos
afortunados.
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