CARTA PÚBLICA AL NUEVO ALCALDE DE MEDELLÍN
Por César Augusto Hernández Ortiz
Las graves denuncias que el acalde electo de Medellín Federico Gutiérrez viene haciendo por estos días sobre “Los malos manejos” que según información obtenida producto del proceso de empalme se dieron durante la administración del alcalde saliente Daniel Quintero, aparte de la preocupación natural que genera en muchas personas que no siendo muy adeptas al manejo de la cosa pública, no dejan de sorprenderse del relato de hechos ocurridos en la administración que termina que no creían posible se dieran en la segunda ciudad más importante del país, como escuchar que no se le pueda pagar por falta de plata el salario a los funcionarios de una entidad como Metrosalud, o que los colegios de la ciudad se queden sin internet, o ver la ciudad convertida en un completo deterioro físico. Sin mencionar otras denuncias hechas y que posiblemente constituyen actos punibles, sobre las cuales prefiero que sean las autoridades competentes y la justicia las que se pronuncien al respecto después de adelantar las investigaciones pertinentes.
Sin embargo, quiero llamar la atención sobre una reflexión que a raíz de estas denuncias deberíamos hacernos todos. Para ello parto de un supuesto al que considero debe dársele credibilidad, y es que por principio pienso que ningún alcalde elegido llega a la Alcaldía con el propósito de hacer las cosas mal, cometer irregularidades, actos de corrupción, o llegar al poder con la intencionalidad exprofeso de “robar” o saquear la ciudad, como lo ha afirmado el Alcalde electo.
Entones la pregunta que nos hacemos es, por qué y cómo se ha llegado a esta situación tan dolorosa para la ciudad? Y pienso que también dolorosa para el mismo exalcalde Quintero.
Digo dolorosa porque ese es el sentimiento real que vivimos los ciudadanos. Aunque, si le consultáramos la opinión al exalcalde, con seguridad seguiría insistiendo, como defensa, que se trata de una guerra en su contra desplegada por el “Uribismo” y por los que antes se han robado la ciudad y su patrimonio. Pero ese no es el hecho real. Lo real es que la ciudad está mal y su población ha perdido la confianza en su dirigencia.
Con esto, necesariamente toca volver a un debate que quisiéramos estuviera completamente superado desde el mismo núcleo de la familia, la formación que en ella se nos da y los valores que toda persona construye a través de su vida y con los que determina su forma de actuar ante los demás, pero que desafortunadamente no está superado. La realidad es que todas la personas tenemos defectos, y como comúnmente se considera, los defectos son imperfecciones, es decir, rasgos que todos poseemos y que evidencian nuestra falta de cualidades morales, tal y como indica la etimología de la palabra, proveniente del latín deficere (“faltar”).
Contrario a los defectos están las virtudes. Las virtudes son los rasgos moralmente elevados del ser humano, aquellos que deseamos en nosotros, en el prójimo y en nuestros dirigentes. Siempre hemos votado por alcaldes que creemos con las virtudes necesarias para llevarnos por el camino del desarrollo y la convivencia ciudadana, pero en cambio, en muchos de ellos lo que ha sido manifiesto son los defectos una vez llegan al poder. Alcaldes con las falencias, los errores y los vicios que aspiramos a combatir en nosotros mismos y en los demás, ya que contradicen los principios de lo bueno, lo justo y lo verdadero, pero que al provenir de la primera persona de la ciudad se revierte en un impacto negativo para la ciudad y su gente, devolviéndonos años atrás en nuestro proceso evolutivo.
Cómo debemos actuar entonces los ciudadanos? Lo primero es no dejarnos dividir como sociedad entre buenos y malos. Lo segundo, es que debemos volvernos más críticos frente a la actuación de los alcaldes que elegimos. Con respecto al Concejo de Medellín, debemos exigirles a sus miembros el cumplimiento de sus responsabilidades y obligaciones en cuanto al control político que deben realizar a toda administración de la ciudad sin distingo de afiliaciones políticas. La misma exigencia a los organismos de control cuyos representantes han contemporizado históricamente con todas las administraciones y han estado de espaldas a los intereses de la ciudad y su gente.
Por último, y con el debido respeto, mi mensaje para el alcalde que llega. Esta bien que exija claridad en el estado de las cuentas del erario del Distrito, incluso que pregunte: Dónde está la plata? Pero debe tener presente que la abrumadora votación que obtuvo para llegar a la alcaldía se debió en mayor parte a la insatisfacción que viven las gentes de Medellín, y en ese sentido, la ciudad aspira a que no haya más polarización ni enfrentamientos personales, sino compromiso por atender al interés general de la ciudad y sus necesidades. Quizás deba considerar la conveniencia de abrir una mayor participación en su administración a otros actores y no pensar que como todo torero, llega de nuevo con su propia cuadrilla.
Aunque quizás no lo vea así, en realidad para Fico llegar a la alcaldía en las actuales circunstancias que vive la ciudad, constituye también una segunda oportunidad que no puede desperdiciar como lo hizo su antecesor, y mirarse en el espejo de su primera alcaldía puede resultar útil para revisar qué cosas no se pueden repetir o qué errores se deben corregir, haciendo prevalecer en todo acto su compromiso por valores como el bien, la verdad, la justicia, la solidaridad y la moral pública.
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